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LOS JUEGOS DE MÉRAMI Imprimir E-mail
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Cuentos breves
Escrito por Estrella   

 

 

LOS JUEGOS DE MÉRAMI

 

 

Mérami era una niña solitaria, aunque tenía mucha gente a su alrededor. Cuando se iba a jugar prefería estar sola, pues su interés por cualquier cosa le servía para distraerse y pasarlo bien.

Su madre la buscaba y preguntaba por ella:

-Mérami ¿dónde estas? ¿Qué estas haciendo?

Y Mérami que no estaba lejos le contestaba:

-Estoy jugando mamá.

-¡Ah! hija, ¡estás ahí! No te había visto. La verdad es que no sé lo que haces tanto tiempo, te entretienes con una mosca.

-Sí mamá, ya voy. Lo que no le diré a mi madre –la niña pensaba pera sus adentros- es que también me entretengo viendo cantar a un grillo.

-Pero dime mamá, ¿para qué me llamabas?

-Ven a merendar hija, que ya se está haciendo demasiado tarde, y se te va a juntar con la cena.

Era un verano de no sé que año. Era cuando la vida en los pueblos se vivía tranquila, sencilla, y de forma sosegada. Era cuando las gentes no tenían prisa, ni tanto agobio con las fechas, los compromisos sociales, ni los horarios para acudir a los trabajos, ni a comprar, ni a estudiar, ni hacer miles de diligencias burocráticas que siempre resultan interminables.

Como todos los veranos, Mérami estaba de vacaciones del colegio, por lo que junto con la tranquilidad del pueblo, el tiempo no contaba para nada ni para nadie. La vida se vivía minuto a minuto, sin darle importancia al tiempo que se empleaba para cada cosa.

Cada día al despertar, Mérami veía cómo entraba por la ventana de su habitación un Sol radiante y luminoso; claro está, los días que amanecían sin niebla y sin nubes, que por otra parte en verano, eran muy pocos los días que amanecían nublados.

Aquel día no podía ser menos, la potente luz se filtraba por los agujeros de las contraventanas. Éstas eran muy viejas, agujereadas por la carcoma, a la vez que también estaban agrietadas por la contracción y dilatación de la madera; debido a la lluvia y al aplastante sol del verano por estar las ventanas orientadas al Sur.

Y como os iba diciendo. Los brillantes rayos solares, llenos de cálidos y fulgurantes colores, se movían sin parar en diferentes puntos de la habitación. Raudos, e inquietos y sesgados, atravesaban la atmósfera de la estancia, plasmando un mosaico de colores en las paredes de su dormitorio. El movimiento era porque fuera en la calle, pegado a su ventana, había un espléndido árbol plagado de verdes hojas, y la luz solar se filtraba entre las mismas. Éstas movidas por el débil viento matutino, hacían que los efectos especiales para la curiosidad de la niña fuesen perfectos.

Mérami cuando se despertaba, se quedaba largo rato mirando hacia la ventana. La proyección de los colores plasmados en las paredes, parecía una pantalla de televisión, que le distraía y le hipnotizaba, manteniendo su atención atrapada en aquellas motitas de polvo en suspensión: con tonos verdes, rojos, y anaranjados. A Mérami le parecía que le estaban ofreciendo los mejores dibujos animados de todo los tiempos. Ella no se movía de allí, hasta que los dibujos giraban lentamente y desaparecían por completo.

 

 


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