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Inicio Cuentos María Isabel EL CATEDRÁTICO
EL CATEDRÁTICO Imprimir E-mail
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Cuentos
Escrito por María Isabel   

 

EL CATEDRÁTICO

 

 

Para él, ella era una beldad, suponía que para los demás también tenía que ser así. Parecía haberse escapado de cualquier cuadro de museo. Se sintió como un pájaro apresado allí dentro, engañado. Si lo llego a saber no vengo, como se suele decir, si lo llego a saber no me matriculo. Pero la entrada en la Facultad equivocada había merecido un suspiro de enamoramiento. Para él aquella muchacha destacaba de entre los por lo menos trescientos alumnos agolpados allí. Buscó un hueco cerca de ella en los alargados pupitres de madera. El aula tenía una forma parecida al Parlamento español, asemejando escaños. Casi en lugar de al catedrático de turno parecían estar esperando las palabras del Presidente del Gobierno o de la oposición. Quien subió al estrado y tomó asiento tras una mesa con micrófono para que todos los alumnos pudieran oírle bien, no fue el miembro de ningún partido político. Fue un catedrático de aspecto austero, enchaquetado, con barba y gafas, que se puso a hablar sin ápice de entusiasmo del Código Civil. El joven universitario se decía, que si daba la impresión de que el profesor se aburría hablando de aquella materia, cómo debían de sentirse sus alumnos escuchando algo tan árido. El se sentía como un ave que hubieran disecado. Menos mal que la chica en la que se había fijado se hallaba a pocos centímetros de él, en el escaño inferior al suyo. Si hubiera alargado la mano casi habría podido tocar sus largos cabellos rubios y rizados.

“Qué, ¿cómo te fue el primer día de Facultad?”, le preguntó su padre, funcionario del Estado para más señas. El le podía haber respondido con desgana, una verdadera mierda papá, mañana ni voy. Pero con un tono que trató de ser respetuoso le contestó un “ni fu, ni fa”. “Te irá gustando más a medida que avancen las clases”, le aseguró. Algo que no le sucedió ni por asomo, su padre no predecía el futuro con demasiada exactitud. A medida que se sucedían las clases menos le gustaba el Derecho y por el contrario más admiración sentía por su compañera de pupitre. El se las había ido apañando para irse aproximando al asiento de ella hasta quedar sentados el uno junto al otro.

A su derecha, estaba por tanto la joven con la que se distraía durante las que consideraba unas tediosas clases. No comprendía cómo los demás alumnos no se volvían para admirarla. Por otro lado, a la izquierda del largo pupitre se habían situado un chico, Antonio, y una chica, María, con los que enseguida trabó una amistad. “Estás como tonto por esa muchacha”, decía María que se había dado cuenta de las miradas que él le lanzaba a la joven. “Resultas tan patético”, comentaba entre risas cuando los tres sustituían alguna de las clases por unos cigarrillos y un café en un bar cercano a la Facultad. “Ya te gustaría que él te mirara como a ella”, Antonio lanzaba una carcajada pues consideraba que María lo que sentía eran celos. “No me cambiaría por esa, por nada”, sostenía ella, “seguro que esa no tiene unos padres propietarios del mejor bufete de la ciudad, desde luego no tiene ni mi suerte ni mi inteligencia”. A su vez, él sabía que Antonio se sentía atraído por María. Su amigo ya le había dicho que la chica era del tipo de mujeres que le gustaban. Vio como Antonio se echaba a reír nuevamente, “María, no encontrarás un hombre que te aguante”. Entonces la aludida empezó a hablar de su catedrático favorito, Rivas Mateu, que impartía Historia del Derecho. Este catedrático estaba a punto de jubilarse, pues era el último año que daba clases en la Facultad. “Ese es el marido que me gustaría tener”, afirmó María. Lo definió como una persona correcta, como uno de esos hombres que ella admiraba, por su temple, su sabiduría, su educación. Y añadió, su elegante forma de vestir, sus trajes bien planchados, sus cuidadas corbatas, y un corte de pelo que hacía más atractiva sus canas. “Mi pareja será varios años mayor que yo y tendrá el pelo canoso”, proseguía. Casi le faltó decir, mi marido se parecerá al intachable catedrático Rivas Mateu. Esta vez el primero en reírse fue él, que miraba a Antonio, al que imaginaba llenando de polvos de talco su cabeza para parecer mayor.

Todos admiramos a alguien, María a Rivas Mateu, Antonio a María, y él, a esa chica de la que apenas sabía nada. Sólo sabía que daba la impresión de ser bastante aplicada. Copiaba con rapidez los apuntes, ojeaba los códigos entre clases. Parecía enterarse de la jerga de los catedráticos y hasta asentía en las explicaciones más complicadas. Por mucho que lo negara María, la chica era muy completa, abarcaba la inteligencia y la disciplina. De reojo, entre parrafada y parrafada del profesor, se fijaba en sus formas femeninas. Solía vestir ajustada ropa de color negro. Había un gran contraste entre sus ropas oscuras, la blancura de su piel y el dorado de sus cabellos. No sabía si se daba cuenta del interés que sentía por ella. El, además, tenía otra distracción durante las clases. Hacía dibujitos en las esquinas de las hojas, y eso fue lo que dio pie a unas primeras frases con ella. “¿Qué haces aquí?”, fue lo primero que le preguntó señalando la caricatura de Rivas Mateu que él había dibujado. “Pintas muy bien”, afirmó a continuación. El agradeció entonces la existencia de Rivas Mateu, sus paseos por el entarimado. Y que se le hubiera ocurrido en ese momento pintar de forma grotesca su cara alargada, surcada de arrugas, y sus cabellos canos y lacios. El prototipo de hombre de María.

Quiso causarle compasión a la chica, “estoy aquí por agradecimiento a mis padres, después de todo se han desvelado por mí desde que era pequeño”. “Vaya, entonces esto no te interesa una puñetera mierda”, apenas cambió el rictus de la joven al expulsar aquellas duras palabras. A él le gustó la mezcla de dulzura de su voz y la chabacanería de la que era capaz. “¿Qué es lo que te gusta de verdad?”, quiso saber ella. “Pintar y escribir poesías”, contestó él sintiéndose tan romántico como Bécquer. A continuación, intervino María desde el otro lado del pupitre de madera, apuntando con un dado a la caricatura del profesor, “no se le parece ni por asomo”, ella, en defensa de Rivas Mateu, siempre. No quiso él que ésta interrumpiera su iniciada conversación con la rubia de las finas prendas de negro, y le preguntó a su vez, “y tú, ¿qué haces aquí ajándote?”. María les pidió silencio, así que bajaron la voz. “Por mis padres, que no ven futuro en el ballet”. Sí, aquella chica de largo y pálido cuello no podía ser otra cosa que un cisne danzarín.

El se compró un chaleco sin mangas. Era bonito el chaleco, de coloridos hilos entretejidos. Por dentro llevaba un jersey negro de cuello alto, ropa oscura, como la de ella. No sólo eran las mujeres las que se solían comprar ropa nueva cuando querían encandilar a alguien. Se ponía el chaleco por lo menos un par de veces a la semana porque ella le había dicho que le gustaba como le quedaba. Con su chaleco era un pavo real que inflaba el pecho para conquistar a la princesa del asiento de madera. Se pavoneaba delante de ella con los pulgares metidos en los bolsillos de la prenda. Se acicalaba más en esos días. Había días que le costaba arrancarse del espejo, salir del baño. Su madre lo apremiaba, llegarás tarde a la Facultad. Pero quería decirle él, tú no te preocupes mamá que ir, voy, por la cuenta que me trae. Sólo por compartir el aire que acaricia su hombro, el aire que nos separa. Y no se daba prisa, se afeitaba pulcramente y se echaba una colonia suave. Más adelante, cuando era novio de María y su amistad con Antonio se había roto, y también se encontraba entre los del no me cambiaría por nadie. Seguro que otros no tienen unos suegros propietarios del mejor bufete de la ciudad, se dejaría la barba. Se rascaba la barba en los momentos en que recordaba el cuello del cisne, la obra de arte que pudo tener días tan seguidos, tan próxima. Barba que se llevó rascando al menos diez minutos, boquiabierto, delante del cartel del Teatro de la Música. La vio en una fotografía captada en el momento en que hacía girar su cuerpo arqueado. Enfundadas sus piernas en unas mallas de ballet negras.

Pero por entonces, aún estaba allí con ella. Le escribía poesías que le dejaba sobre el pupitre. Pero ella no hacía caso, ni las leía, dejaba que los papeles se los llevara el viento. Por lo visto no le gustaban tanto las poesías como le había gustado el caricaturesco dibujo de Rivas Mateu. El catedrático, a poco de jubilarse con todos los honores, en mitad de una de sus clases, lanzó un gemido y alzó una mano haciendo pensar a los alumnos en un repentino ataque al corazón. De corazón se trataba pero no de parada cardiaca sino de un extraño desajuste. “No puedo seguir, la vi bailar en el la escuela de ballet y no puedo soportar que siga aquí”, profirió quejumbroso y se dejó caer sollozante sobre el escalón del entarimado. Asombrados quedaron todos los alumnos que no sabían de qué iba la historia. La más asombrada era María que creía que su idolatrado catedrático desbarraba. “Cuando baila ilumina y ciega a partes iguales”, siguió lastimero, “no puedo proseguir, es demasiado desperdicio”.

Mientras Rivas Mateu se orinaba encima se echó a reír aturdido. El muchacho fue el primero en salir de su estupor y fue a ayudarlo a salir de allí. Lo alzó de la tarima tirando de sus brazos. “Me he meado”, acompañó la frase con una carcajada. “No se preocupe por los pantalones”, el chico le quitó importancia. Alguien comentó que quizás tenían que haberlo jubilado un año antes. La bailarina se había puesto en pie encogiéndose de hombros. Había bajado los peldaños y llegó hasta ellos. El profesor le dirigió una mirada de admiración, “la he visto bailar, la he visto”, repetía. Ambos tardaron varios años en volver a verla. Ella auxilió también a Rivas Mateu tomándolo por el codo. Uno de los conserjes se apresuró a llegar hasta ellos cuando vio aparecer al vacilante catedrático por el largo pasillo. “¿Qué ha sido?, ¿un mareo?”, preguntó el bedel con nerviosismo. El no supo cómo explicarle el mal de Rivas Mateu que animaba a la joven a no perder el tiempo y a bailar. Volvió a verla danzando en el Teatro de la Música, un sueño, del brazo de María, su esposa. También pudo percibir la figura de Rivas Mateu sentado en las primeras butacas, más arrugado. El catedrático había expiado por sus aburridas clases cayendo en brazos del talento artístico que él mismo había alentado.

 

 
Comentarios (2)
El destino es caprichoso
1 Jueves, 23 de Junio de 2011 21:37
Javier (adm.)
Casi nunca se cumplen nuestros deseos, y es que el destino es caprichoso, pero también sucede que si vemos nuestros sueños cumplidos, muchas veces olvidamos que aquello fue deseado con el alma.

Bienvenida a Escritores y lectores, María Isabel, y gracias por regalarlos este cuento que nos recuerda que al destino le gusta jugar con nuestras vidas.
Bello
2 Martes, 19 de Julio de 2011 05:17
Marcos Julian Antinori
El personaje de la bailarina me hizo recordar a una persona muy especial para mí y que hace mucho tiempo que no veo.



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