Generalmente ignoro las razones que me llevan a escribir estas historias, tampoco deseo saberlas con seguridad, es mejor así. Pero, puede que se deba a cierto anhelo de querer crear un mundo en el cual decidimos el destino que seguirán los personajes. Pero no sucede siempre, hay veces en las que el personaje escribe su propia historia; y el responsable (que no soy un profesional de la pluma sino un pelmazo injertador de palabras) será desplazado a ser un simple espectador.
Me hallaba resignado con un cigarrillo consumiéndose entre mis labios, doy constancia de que fue una decadente noche cuando caminaba por unos edificios abandonados, en ellos solían vivir las familias clase-medieras de esta ciudad. Estaban destruidos y desolados, como si un terremoto bíblico proporcional al tamaño de dichas construcciones, se ocupara de castigarlos continuamente; es el castigo merecido por los pecados cometidos por sus moradores. Y pensar que hace unos años se tenía que pagar miles de dólares para habitar estos sepulcros que son denominados departamentos.
Era una noche muy solitaria además de fría. Las luces de los postes eran tenues y parpadeantes, apenas le ganaban a la penumbra que empapaba las calles asoladas por construcciones a medio caer. Yo deambulaba solitario, aburrido, hambriento, sediento, sin afecto, carente de amor vaginal; pues mi amiga incondicional la soledad (lo único que me queda) no quiere acceder a tácitas peticiones necesarias para mi supervivencia. Anduve en medio de esas calles casi como un roedor buscando entre los escombros algo de comer, sólo caminaba execrando con las pocas fuerzas que me envuelven a esos malditos tiranos que se han apoderado del país. Están en todas partes, han terminado de corroer lo poco perfectible que quedaba. Su organización, desde hace mas de un año ha doblegado a las fuerzas militares y policiales.
En el olvido ha quedado la temida revolución proletaria vaticinada por Marx, muertos están los fascistas disfrazados de demócratas absurdos que cada cinco años se adelantaban al futuro y nos inundaban de falacias e ilusiones criminales. Agonizantes viven ahora “los usureros” (ya saben a quienes me refiero) la gran mayoría se lo merece. Ha empezado la negación de la política, ahora los antiguos marginales son los dueños del país. Esos que siempre fueron obviados de los proyectos de nuestra nación, los que fueron alimentados por el paternalismo asistencialista, han implantado su sistema al precio más alto, o al más justo diría yo (sin la minúscula intensión de justificar sus actos totalmente llenos de barbaries).
Ahora la tendencia reaccionaria es el pacifismo, no me he considerado parte de la resistencia; yo simplemente sobrevivo. Día a día, vivo escondido y salgo por las noches a buscar que comer, a fumar cigarrillos de los almacenes, y si tengo suerte encontrar alguna botella de licor en las tiendas y supermercados abandonados, pues la gente que no ha huido ha servido para experimentos. Aun así, soy muy sigiloso no vaya a ser que me pillen los policías lacayos del “Callejón Melchoriano” (donde los cinco hombres mas aptos, gobiernan la sociedad), ya quisieran estar ahí esa sarta de pirañitas que legislaban en el anterior sistema. Debo andar con cuidado si no quiero terminar como mi amigo Matías, un arquitecto que tenía muy buen futuro profesional; lo capturaron, y hasta donde sé, fue llevado a una especie de laboratorio donde experimentan a nivel científico-sádico con aquellos que no se unen al bando de los melchorianos. Allí hacían cosas espeluznantes, torturas, mutilaciones, y demás actos desagradables. Una vez comieron un perro, el pobre animal agonizaba mientras ellos desgarraban con tenedores en mano, su cuerpo.
No sucedía nada especial en mi vida, siempre era lo mismo. Lo único eran las conspiraciones que tramaban algunos ilusos, fanáticos de Gandhi, que siempre fracasaban en sus intentos por regresar a la sociedad pasada; donde ser violento, asesino o ladrón era lo marginal y hasta algunos eran encerrados en la cárcel por cometer dichos actos. Irónicamente todo ha cambiado.
Como dije nada interesante sucedía, hasta aquella noche; en la que caminaba con un cigarrillo consumiéndose entre mis labios. A propósito, cuando recién me anime a fumar cigarrillos me parecía pajerísimo; no había nada mejor que eso, excepto escuchar mi melodía favorita; bueno escuchar mi sonata preferida y fumar un cigarrillo era mejor que todo. No me refiero a Amadeus Mozart, ni a F. Schubert; menos a Ludwig van Beethoven. Sino a Carl Orff con su tema tan apreciado por mis sentidos “O fortuna”; dedicada a una diosa romana, la diosa de la fortuna. Eran geniales esos días, cuando los parlantes de la computadora sonaban a Orff o a Bach; por lo menos la Alemania no nos ha defraudado en cuanto a compositores y tampoco se queda atrás con los genocidas. Acto seguido me acostaba en la cama con un cigarro que sostenían dos de mis dedos, estirados, mi mano simulando una pistola así como cuando eres niño y juegas a los policías y ladrones. Cerraba los ojos y mi cabeza, que apoyaba su peso en una confortable almohada, comenzaba a delirar. Entonces “O fortuna” (Carmina Burana) animaba a esos seres dormidos, dichos seres eran plenamente libres en aquellas imágenes (esperpentas a cualquier ojo ordinario). O fortuna se encargaba de brindarle el “soplo de vida” a las escenas extravagantes que eran proyectadas en ese panel abstracto que es mi mente. Ahí estaban las escenas expresas en un diluvio crudo. Imágenes de las que muchos se avergonzarían, y tratan de reprimir por culpa de la teoría de los sentimientos morales (espectador imparcial que juzga lo bueno y lo malo), ¿pero quien seria el osado de apedrearme por mis pensamientos escabrosos?
Me sentía muy sofisticado como un chiquillo en su primer acto de rebelión cansado de tanto obedecer. Posteriormente lo hacia cuando los nervios me invadían por culpa de una condenada. Y decidí dejarlos simplemente porque me di cuenta de que luego de fumar siete u ocho seguidos, me deprimía. Odiaba al mundo en ese instante, luego de sentirme sucio; me prometía “esta es la última vez que lo hago”. Lamentablemente las promesas no son más que mediocres predicciones idealistas que se desvanecen con la debilidad de mi voluntad, una voluntad superflua que por lo tanto no importa romperlas. El honor se esfuma y no hay “pero” que valga, es más, me había acostumbrado al olor del tabaco tanto que era necesario percibir su aroma.
Agradable era sentir como el tabaco entorpecía mi equilibrio; y si no lo hacía me ponía de mal humor, empingorotado con el planeta tierra y es mejor estar deprimido que de mal humor, cuando estoy en ese estado me dan ganas de mandar a la contemplativa mierda (que es tan irrefutable) a medio Perú. Si mejor deprimido, así no tengo que andar disculpándome con los que ofendo en mis ratos ausentes de cigarro, cojudecez.
A lo lejos escuché voces que cada vez se oían más cerca, gritaban en coro frases del gran Mahatma Gandhi (“el alma grande”), frases como: “seguiremos con la resistencia no violenta” o tal vez “ojo por ojo y el mundo se quedara ciego”.
Aquellos eran los rebeldes, y había que exterminarlos.
Ipso facto, un grupo de policías de cerebro deteriorado; se lanzaron a golpes sobre los protestantes. En los rostros de los policías se notó el regocijo que les proporcionaba el maltratar a los detenidos. Si había algo que aborrecían los melchores, eran los pacifistas.
Inmediatamente me escondí detrás de un muro a observar lo que acontecía en esos instantes. Los golpes que eran propinados me hicieron reflexionar que no podía prosperar una revolución pacifista, debido a que la violencia estará presente; puede que no provenga de los contestatarios, pero, si de los represivos y entonces las dulzonas ideas de resistencia no violenta se van al diablo.
Los golpes no calmaban la avaricia brutal de los señores que encarnan el orden y la disciplina, golpeaban sin piedad; pero la verdad, no me sorprendía nada de lo ocurrido. En cambio toda la expresión de mi rostro se fue disformando a medida que observaba con detenimiento a los que eran agredidos.
Mis ojos se narcotizaron, cuando distinguí de esas personas a Mística, mi amada Mística. No lo podía creer, era ella, no quedaba duda alguna de eso; la reconocería hasta con los ojos vendados. Y no podía quedarme con los brazos cruzados, algo tenía que hacer; no iba a permitir que la rudeza de esos brutazos lastimen la luz de aquella noche, mi luz.
Palabras como “vesánica” o “estulta” solían salir de sus labios, yo creo que ella inventó esta última palabra o tal vez la ha patentado como suya, suena tan agradable cuando ella la pronuncia, y si yo no supiera su significado pensaría que es un halago, algún sinónimo de belleza. Me da la sensación que aquella palabra solamente se le podría adjetivar a una mujer, sonaría marica si le dices a un hombre que es estulto.
La habían mandado sus padres a estudiar a estos lugares y pasábamos los días conversando sentados frente a un vacio cibernético que impedía escuchar el tono de su voz (ella así lo quiso, temía que yo me enamorase de ella; prudente de su parte); no podía saber si sus tardes eran alegres o luctuosas. Sin embargo, los atardeceres eran absurdos si no le escribía una palabra con ayuda del teclado; cuando no ocurría aquello prefería salir y sentarme a unos metros de un abismo bicolor.
Debajo de ese abismo una playa muy concurrida por los fanáticos de las olas me impresionaba. Era algo complicado distinguir ese azul opaco del mar, del celeste de un pálido cielo gris. Al fondo magnificaba el paisaje un disco fulgurante que oscila entre los miles de colores que se encuentran del rojo al amarillo. Era un paraje muy inmenso e inspirador, cómplice para cualquiera de mis locas ideas.
Gustaba sentarme frente a él y observar cada instante del crepúsculo, mientras en mi mente danzaba ella, a ritmo de slow blues; era una de mis más añoradas fantasías eróticas. Que me regale un baile y ver el meneo de su cuerpo al compás de la guitarra sensual de Hendrix, el disco refulgente se ocultaba y el deseo me enardecía todo el cuerpo; en especial allí donde el escozor deja de ser fastidio para convertirse en placer, la entrepierna.
Disfruté mucho de esas tardes alucinando que su sonrisa encuentra un deleite en mí, que sus cabellos largos caen sobre su espalda como una cascada que sus aguas no llegan a tocar la superficie de un manantial; que sus piernas desnudas muy bien delineadas, entusiasman las palpitaciones de mi pecho.
Su persona siempre expresaba un gran optimismo. Pero mi suspicacia dice que escondía alguna fobia que ella disfrazaba de algarabía destellosa, alguna tristeza, un probable golpe que la atormente. Sus miedos, temores, deseos y necesidades son asuntos en los que no quisiera penetrar, prefiero mantenerme en la lejanía; y que mis brazos se insinúen pidiéndole posada en los mares de su alma.
La primera vez que crucé palabras con ella, la maldita tembladera en la pierna me delató como uno de esos tipos que comúnmente la merodeaban. Sí, eran muchos, uno más atractivo y mejor que el otro. Se acercaban con el gran pretexto de la amistad pero en el fondo bien que andaban muriéndose por estar con ella; y no los culpo, yo aun padezco de ese mal, es un mal del que no quisiera curarme. Sin embargo en mi caso fue distinto, desde la primera palabra que le dije o para ser más especifico, que le escribí, fui sincero implícitamente con mis intenciones hacia su persona. No me frustraba en decir lo que pensaba de ella, puede que esté acostumbrada a que le digan que era muy guapa y cosas así. Como en una ocasión cuando me pidió que no la llame bellísima, y le respondí:
- pero por qué, a mí me parece que lo eres.
- sólo, no me digas eso, te agradecería mucho.
- bien, si no deseas que te lo recuerde, entenderé.
-gracias por comprenderlo.
Me esfuerzo por cumplir con ello, pero es un crimen ver una mujer así y no decirle que es un regalo de la naturaleza; y qué dicha la mía de haberla conocido. Fuera de ello, su belleza es diferente va mucho más allá del prototipo estético vendido por los medios de comunicación. No puedo dejar de avergonzarme de que soy un hombre común, un hombre ordinario que fue atraído en un principio por sus cualidades físicas, exteriores, visibles a cualquier ojo mortal; fui jalado por el magnetismo de su hermosura como si yo fuese un residuo de metal errante que es arrastrado por un imán potente e ineludible. El solo verla me satisfacía inmediatamente; ahora me entristece vivir de las cenizas de esos recuerdos que alimentan lo quimérico.
Es honorable reconocer esta dependencia por mis gustos y deseos, Mística.
Como Silvia es a Melgar (…)
(Si tengo algo en común con ellos no es el arte de escribir, ellos son maestros, yo un simple embustero. Lo que tenemos en común es que son amores no correspondidos)
Volviendo al relato, seguían los seis policías abusando. Empecé a contarlos haber si se me ocurría algo. Estaban: Mística, sus dos amigas; y el resto eran como quince personas. Me acerqué cauteloso, llevaba una pistola que me dio como regalo de cumpleaños el buen Matías (antes que lo capturaran). Entonces arrojé una piedra que reventó unos vidrios cerca de ellos. Todo se tornó caos y violencia, las balas comenzaron a desesperarse por salir, y no se detuvieron. ¡Bang! ¡Bang!, sonaban favoreciendo el disturbio y la confusión. Me ayudó, pues algunos empezaron a escaparse yo miraba atento a Mística que empujó a uno de los polis y empezó a correr junto con sus compañeros, corrían y corrían. A lo que levante mi mano y grité muy fuerte: ¡por aquí! ¡Vengan, vengan!, sin dejar de disparar a los imbéciles de los policías, pues algunos de los amigos de Mística ya estaban heridos y debidamente maltratados.
Los tipos llegaron hacia donde yo estaba, sus rostros ilustraban el terror. Los policías se entretuvieron con los caídos; entonces nosotros aprovechamos a correr juntos unas ocho cuadras y los llevé por unos callejones para luego escondernos en una casa que estaba por caerse; nos metimos y subimos hacia una habitación vacía, sólo con algunos muebles empolvados.
-Ya los perdimos- dijo uno de los tipos
-no se confíen, de repente nos han seguido y se están haciendo los cojudos- comenté
-gracias por ayudarnos-dijo Mística, que aún no me reconocía
-no los he ayudado, sólo he corrido con ustedes
No me reconoció, posiblemente por el tiempo que había transcurrido desde la ultima vez que la vi o seguro por que yo andaba un poco diferente a cuando la frecuentaba; ahora tengo el cabello prolongado, uso anteojos y la barba crecida. En ese instante la observé esperando que me llamara por mi nombre y me dé un abrazo, que no me caería nada mal viniendo de ella.
Después de un rato de silencio:
-¿por qué son tan necios?, ¿por qué siguen gritando como idiotas?, su pacifismo se esta convirtiendo en un pordiosero masoquismo-había hablado.
-¿Ángelo?- Mística exclamó-¡Eres tú!
Entonces, me sentí emocionado. Una mirada que la apuntó acompañada de una sonrisa burlona hacia el costado, satisfizo su pregunta.
-¡Ha!, si, ¿como te va?- contesté
Ella sonrió; iba a decir algo, cuando…
-tonto, acaso quieres que esas bestias te gobiernen-dijo uno de los tipos
-¡claro que no!, pero con guerra de pastelitos no ganaran ni mierda-respondí
-tiene razón, guerra a la guerra con esos putrefactos melchorianos-dijo otro
-¡cállense!, no se dan cuenta que ya no se puede hacer nada, la gente se esta adaptando a este nuevo sistema, y he oído que se esta extendiendo a otros países- comentó Gabriela, una amiga muy cercana a Mística
Y Mística con un tono menos amable exclamó: ¡Que les esta pasando!, van a mandar al tacho, todo nuestro esfuerzo. Aún podemos lograr algo si nos lo proponemos y desechamos nuestro derrotismo.
-Si, Mística, pero las veces que nos hemos reunido en algún lugar para tratar algunos temas, en sólo una ocasión no nos golpearon-dijo Alessandro
-Entonces entre ustedes hay un despreciable alevoso-dije con voz alta mientras ataba mis zapatillas, en un tono bufonesco.
Todos se rieron de la pura preocupación, posiblemente no se habían propuesto que entre ellos había un traidor que trabajaba para el gobierno.
Y yo que pensaba llevarlos a mi refugio cinco estrellas. Ahora nica, hasta saber quien es el pérfido desgraciado.
Luego uno de los que estaba en la habitación algo preocupado y con el aspecto de quien esconde una infamia, salió diciendo que iba a orinar; a los pocos minutos llego él y dos policías más a disparar como locos, todos empezaron a correr, algunos cayeron a balazos. Se armó una gresca de la gran puta, los polis masacraron a los que se quedaron; pero, logramos escapar de ahí por una de las escaleras en mal estado y sólo hemos quedado Mística, Gabriela, Melanie, Alessandro y yo.
Las razones que me impulsaron a correr con ellos eran obvias quería sobrevivir y quería vivir cerca de Mística. Mi vida aún estaba sin sentido, me había propuesto un horizonte pero me gustó más el correr hacia el horizonte que llegar a él. Tengo la certeza que el hecho de subir a esa cúspide es mejor que estar en ella.
Ahora debía confiar en los tipos así que los lleve a mi refugio que era muy seguro, para tramar que haríamos después de esa gran merma en la casa vieja donde nos escondimos y fuimos delatados por un felón melchoriano. Caminamos cerca de una hora hacia mi refugio.
-Llegamos, llegamos a mi bunker
Melanie: ¿esta porquería?
El resto soltó risas, menos Mística que es una dama.
-es una porquería que te brindara su calor- respondí, sin rencores o resentimientos.
Era un edificio de esos que vez y dices “que criatura infortuna se atrevería a vivir aquí”, era de esos que no dan indicios de vida: Pequeño, viejo y descuidado sobre todo deshabitado. Ahora tendría huéspedes pero no por mucho tiempo, no podíamos darnos el lujo de sedentarizarnos porque seguro que nos andaban buscando los policías. Y si nos encontraban no nos matarían inmediatamente; bien se cerciorarían de que hayamos sufrido horrores, primero nos torturaban de la más gore de las formas y si alguno de ellos conocía el concepto de piedad nos mataría a medio camino.
Estábamos dentro de una zona residencial habían muchos edificios, pero yo vivía en el que probablemente no atraería sospechas. Subimos hasta el tercer piso, luego caminamos por el pasadizo que no tenía ni luz eléctrica.
-¡Ese es!- abro la puerta y les digo- bienvenidos, no sean tímidos entren
Ellos entraron, estoy seguro que por cortesía nomas. Encendí las lámparas Y un haz de luminosidad abrigó el lugar.
Alessandro: bien tío, acá debes traerte buenas hembritas
La sociedad melchoriana no llevaba muchos años en el poder, apenas estaba evolucionando. Probablemente en sus planes estaba promover la poligamia masculina, por eso que sus victimas favoritas eran varones; para que las mujeres fueran las que abunden y los hombres sobrevivientes por lo tanto dignos, sean los más solicitados (selección natural, como diría Darwin).
-No nada que ver maestro, por aquí no hay siquiera vecinos- respondo a Alessandro.
En mi pequeño departamento sólo había un dormitorio, un baño, una sala y una pequeña habitación que usaba como estudio, ahí estaban mis libros, mis discos, y un estéreo para vacilarme con mi música. Los muebles eran los necesarios, ¿para que llenar mi covacha de objetos inútiles?
Traje algo de comer y de beber que se evaporó en instantes, el susto que habíamos pasado nos dio un hambre de los cojones. Luego nos sentamos en la alfombra que cubría el piso de madera. Ese fue el preludio de lo que se avecinaba, nuestro futuro empezó a decidirse y “La Donna e Mobile” comenzó a sonar.
Mística: ¡Que haremos ahora!
Alessandro: Creo que dormir
Melanie: No es mala idea, eh
Gabriela: Debemos huir del país, en este apartamento estaremos seguros por unos días, ¿pero luego?
-Lo que dice Gabriela es lo mas sensato que he oído, si nos quedamos aquí moriremos, además supongo que a mi también me están buscando, escribí algunos artículos en internet denigrando al gobierno- dije tratando de convencerlos.
Alessandro: ¿como escaparemos y a dónde?
Melanie: lo importante es salir de este país. No podemos salir en avión, el aeropuerto es el lugar menos indicado para escapar.
Mística: si tienes razón, esta muy controlado ahí. Será mañana por la mañana, nos largamos de este país, buscaremos como transportarnos y eso será todo.
Alessandro: mi padre me dejó una camioneta nuevecita, por sacar buenas calificaciones en mis parciales. La dejé escondida, yo la traeré mañana; lo prometo.
Mística: Alisten lo necesario para viajar, ahora seria bueno descansar y gracias Ángelo por acogernos aquí.
-No tienes que agradecer, gracias a ustedes por darle diversión a esta desgracia- tomé un trago refrescante de mi rica pepsi. Y me acosté en la alfombra colocando un cojín debajo de mi cabeza, no lograba imaginar que pasaría. Normalmente no puedo dormir, siempre ando despierto en las noches; la única forma de lograr dormir es pensar en no pensar, y eso es lo mas difícil de pensar.
Una de esas pesadillas que generalmente estropean mi descanso, me despertó, pero me tranquilicé al ver la doncellez con que dormía mi adorada Mística; a pesar del tiempo seguía igual de preciosa, es como si el tiempo se sintiera agradecido de que ella exista, por eso se encarga de mantener su belleza en él, que cruelmente todo lo estropea. Me paré y fui a tomar un vaso de agua sin hacer ruido ya que todos dormían como cachorritos. Y seguí mirando la respiración de Mística
A la mañana siguiente cuando desperté la camioneta de Alessandro estaba ya en la cochera del edificio. Las mochilas y maletas se alistaron, lo que me iba acompañar ese día fue unos libros, un violín y algo de ropa, no recuerdo qué más. Las chicas acomodaron un huevo de cosas que Dios sabe que serían, en la maletera colocamos las bebidas, comida que no se malogre con el viaje, frazadas y todas esas cosas.
Después del desayuno, ¡Listo! nuestro viaje comenzó un veintiséis de marzo (día muy memorable para Mística, para mi también pero no por las mismas razones que para ella) era otoño y ya un frio traicionero empezaba a sentirse, haber que peripecias tendríamos que afrontar. Nos subimos al auto y arrancamos, Alessandro manejaba obsequioso; a mi costado estaba Gabriela luego Melanie, y adelante Mística.
Salimos a la carretera con rumbo a las fronteras, No habían pasado ni dos horas de camino y ya estaba aburrido. El tiempo se pasaba entre el dormir y el despertar, no importaba si la luz fastidiosa era la de la luna o la del disco fulgurante; el paisaje era desierto y mas desierto y en medio de ese desierto mi único oasis era Mística, mi único alimento espiritual que iba al costado de Alessandro. Por ratos tocaba el violín y ellos adivinaban que melodía era, si no lo hacían el retador tendría que sacarse alguna prenda o hacer una pequeña locura que nos entretenga; comíamos, bebíamos, cantábamos, y jugábamos tratando de olvidar el despotismo melchoriano.
Los dos primeros días fueron tediosos, de ahí nos detuvimos a dormir en un hotel porque ya causaba molestias dormir en la camioneta del Alessandro, además queríamos asearnos, tener un poco de privacidad, etc. y llenar el tanque de la camioneta. ¡Noventaisiete!, no le vayan a desbaratar el motor a la carcocha bien presentable que nos transporta.
Ya habíamos pasado dos provincias de las cinco que teníamos que pasar para salir del país. Nos detuvimos a descansar en un hotel-grifo, lo necesitábamos y la camioneta mucho más que nosotros.
Alessandro se entretenía mayormente observándoles el culo a las chicas, a veces también a Mística. ¡Hey!, cuidado con faltarle el respeto a mi musa por que soy capaz de arrancarte los huevos con mis propias manos. Ya decía un sabio poema medieval europeo “se puede nacer sin ojos, pero no sin el ojo del culo”, es la única parte que recuerdo de ese poema; claro por que a los once años, lees todo un texto y solo recuerdas lo que te impacta, tuve la suerte de que: lo primero que lees, lo primero que te gusta. Así nació mi amor incondicional por las letras.
Estaba duchándome, cuando unos ruidos femeninos algo familiares me llamaron la atención: ¡ahh!, ¡Hmm!, ¡si!, ¡Oh!.. Santa madre esta jovencita si que es muy expresiva y tiene todo un florilegio de gemidos para escoger; en voz susurrante dije para mí: me agradan las personas que no son muy monótonas. Salí del baño cubierto a la mitad por una toalla blanca, caminé para fisgonear el lugar de donde provenían los ruidos, me acerqué con la misma similitud de un púber entrante a la mocedad, curioso por oír los ruidos de la madrugada que salen del cuarto de sus padres.
¡La primera impresión es la que vale!, era Melanie completamente desnuda frotando su cuerpo con un objeto de formas fálicas e introduciéndolo en sus íntimos adentros, veía la agitación de sus pechos blancos como dos colinas adornadas de un claro marrón en el pináculo, que eran acariciados por su otra mano. Los dedos de sus pies se contraían mientras se mordía los labios, luego cerraba los ojos y su lengua salía a saborear su boca con la misma sensación de placer de comerse un helado, como si hubiera manchado sus labios con helado de chocolate y su lengua traviesa los limpiara con inocencia.
Me escondí al costado de la puerta a seguir observando. La toalla que me cubría tomó otros moldes e hizo que se desatara. Estiré mi cuello como para ver el resto de la habitación, me di con la sorpresa de que Melanie no estaba sola, sino que estaba dándole un espectáculo a Alessandro. Ahora, tal vez sin quererlo, Melanie nos brindaba una ofrenda en un concierto de clamores extasiantes a dos hombres, uno frente a ella y el otro (sin que ella lo sepa) escondido detrás de una puerta a medio abrir. Para entonces Melanie, seguía disfrutando el momento, al igual que yo y El loco Alessandro, pero este se cansó de ver como ella se proporcionaba el placer, así que en fiel cumplimiento de su deber como macho de la especie, en un acto cívico y de humanidad, se abalanzó sobre la riquísima Melanie para juntos romper el sexto mandamiento de las leyes cristianas.
Él decidió tirarse sobre ella, y yo decidí ir a terminar de bañarme para que ellos tengan su respectivo momento de gozo e intimidad; preferí irme y dejar que ellos se recreen de una forma saludable y natural, aunque su santidad el papa condene estos actos lascivos. Si, romper el sexto mandamiento es el favorito en el ranking de los pecados.
Para no ser tan grosero he obviado detalles de aquel momento, tales como la gran cantidad de lunares que había en su cuerpo, cual cielo adornado de estrellas en una noche taciturna. También el movimiento agitado de sus pechos redondeados, sus muslos moldeados de tal forma que anunciaban un trasero muy bien cuidado, en excelentes condiciones (se nota que le da su debido mantenimiento) y un pubis tremendamente cariñoso.
A la media hora yo me encontraba en la terraza con un periódico sobre mis piernas, informándome sobre los sucesos que acontecían en el país. Llegaron ellos, como si no hubiera pasado nada, como si sólo hubieran estado comiendo sandia en la cama; si, la sandia, me atrevo a decir que es la fruta más sabrosa, y todo seria perfecto sino fueran por esas pepitas que estorban cuando uno se dispone a comer este rico fruto.
Ya debidamente follados me preguntan por Mística y Gabriela, entonces les obsequié una mirada picaresca de “los he visto chicos, no se hagan los santurrones conmigo”. Y les contesté -salieron a comprar algunas cosas a un pueblo de por acá cerca, ya no demoran en llegar.
El firmamento había oscurecido, ya andábamos en la carretera nuevamente ahora la que maneja es Gabriela, Alessandro la acompañaba a su derecha, atrás iba mística sentada entre Melanie y yo.
¿Cual podría ser tu peor defecto?-me preguntó Mística mientras comíamos -tal vez haberme sentido superior a la sociedad- respondí, sin haberlo pensado –ah…creo que no es cierto, nunca me he sentido superior, lo correcto seria decir que me he sentido ajeno a la sociedad, sólo me atrevía a criticarla fuera de esta (lo cual es completamente falso y sólo quiero creer yo. Ningún hombre puede ser ajeno a la sociedad); probablemente es porque no me sentía perteneciente a ella… pero ya de nada sirve por que la sociedad que siempre odie ahora ya no existe, se terminó- de inmediato sentí que había dicho una magnifica tontería…y ella me lanzó una expresión que apacigua intranquilidades. Seguimos conversando, pero lo recuerdo vagamente.
Todos dormían, pues era de madrugada sólo Gabriela que conduce muy atenta a la carretera. Yo no podía dormir, prefería ir mirando la luna que permanecía inmóvil en el cielo como si fuera un hueco diáfano en medio de las tinieblas. Sentí un peso que estorbaba mi hombro inmediatamente volteé y era Mística dormida que apoyaba su cabeza, pero igual era una molestia tenerla apoyada en mi hombro, por lo tanto empecé a moverlo para que quite ese peso de mí; despertó y la luz perfumada de sus ojos me iluminaron… yo no aguante más las ganas que tenia de saborear su boca, así que me mandé y le di un beso, la besé, sentí como el corazón retumbaba en mi pecho probablemente a ella también le ocurría lo mismo. Mis manos cobraron vida propia y la acarician con delicadeza, ella también correspondió. Nunca había disfrutado un beso de tal forma. Fueron sólo unos instantes en los que sus rojos carnosos labios eran rozados por los míos… el momento que más temía se dio, me refiero a que la boca de Mística se detuvo, dejó de besarme y abrió los ojos para decir: “esto no tiene que volver a pasar jamás, nunca se debió dar”-sus palabras eran cuchillos que atravesaban el alma, látigos sadomasoquistas que castigan mis entrañas a ritmo de una inamornía-terminábamos de besarnos, era un momento perfecto para mí y como dijo la señora Mistral: “hay besos silenciosos que por prohibidos, verdaderos; que calcinan y hieren”, Y fue como ocurrió un tímido beso silencioso que para ella era prohibido para mí verdadero pero que asoló cruelmente mis inofensivos sentimientos.
Algo jocoso es recordar con cierta nostalgia una canción que escuchaba cuando era adolescente “la vida no es para feos, yo soy un feo y ella malditamente hermosa…”. No lo entendía en ese tiempo, no había despertado aun el amor por una mujer, prefería andar en soledad no me gustaba andar con niños torpes o niñas engreídas que sólo abren la boca para decir sandeces, a mi me gustaba tratar con gente de primera calidad, como Van Goth, Wolfang, Ludwig, Bécquer, Alexander “the great”. La historia la aprendí de Herodoto, Marx y Basadre, esos eran mis amigos no andaba con, incultos; si nos referimos a la definición que le dan los diccionarios (hechos por tipos cultos) a las personas incultas, por no decir ignorantes en términos sociológicos: que son aquellos que no tienen conocimiento de algún arte, ciencia, matemáticas, filosofía o religión. Ya si nos referimos en términos estrictamente filosóficos, nadie de estos se salva ya que todos ignoramos algo, así que a mi parecer la ignorancia no es tan relativa. Pensándolo bien Cambiaria las insignificancias que conozco por la ignorancia de la que padecía, en esos tiempos era feliz en mi estupidez.
Su jodida boca me había correspondido por instantes, luego me expectoró de la más cruel de las formas con un desabrido sentido de culpa.
Después de ese momento me siento fatal, condeno cuando decidí unirme a ellos para escapar como un gusano cobarde que teme ser comido por algún pájaro carroñero. Lastimosamente ya es tarde para escapar de ellos, aun así la quiero, he sido sometido por su amor despótico y tirano, el yugo de su belleza indiferente a mis desordenes emocionales me calcinan y hieren.
En estas circunstancias estas ridiculeces son un estorbo para pensar bien en lo que haremos para escapar, son un estorbo como su cabeza apoyada en mi hombro y así como sacudí mi hombro para sacar ese molesto peso de su cabeza; tendré que sacudir mi mente para pensar con claridad y evacuar esas ridiculeces que calcinan y hieren.
Esa noche no pude dormir ni un instante, Gabriela casi se estrella contra una piedra que yacía al costado de la carretera, entonces me ofrecí para conducir por que Gaby (como le dicen los amigos), se notaba cansada de la soporífera actividad de manejar. Yo no pude dormir, pero quise manejar para tratar de no pensar.
Ya estábamos a una provincia de la frontera, en cuestión de horas la cruzaríamos y nos libraríamos de los malnacidos melchorianos; no me atrevo a mirar a Mística, sé que estos momentos debe estar sintiendo lastima o rencor o culpabilidad porque me atreví a besarla.
Resulta que llegamos a cierto lugar, era un pueblo no muy grande, las casas eran de un material rústico. Recorrimos algunas calles; al llegar a una esquina el silbido de unos policías nos desconcertó. ¡La reputa madre que los vio nacer!; aceleré, el carro endemoniado era muy veloz… los demás se asustaron
-¿Qué sucede?- pregunta Alessandro- Sucede que ya nos jodimos nos persiguen los tombos en un carro-respondiéndole sin perder la concentración en la autopista- ¡carajo!- dice él
¿Qué pasa, qué pasa?-se sorprende Melanie- y yo ignoro sus palabras con aliento a esperma de Alessandro.
La sirena chirriante empieza a sonar, y otro carro de la poli se suma a la persecución. Entonces ya todos sabemos que no nos vamos a salvar fácilmente de esta; nos asustamos y yo manejo tratando de esconder el miedo. A mis costados las casas pasan jaladas hacia atrás por las manos esplendidas de la velocidad, evidentemente poderosas. Mística es muy atinada de no hablar, de ni siquiera mirarme por que podría desconcentrarme. Esa es una de las razones para amarla; es muy oportuna, es como si supiera el desenlace final de las situaciones por las que pasamos, por eso no quiere pronunciar ni una palabra; no le gusta mentir, sabe bien que probablemente no lleguemos a cruzar la frontera. No me alienta, no me da consejos estúpidos, intuye bien lo que estoy pensando, tenemos los mismos miedos por eso no quiere distraerme.
Iba poseído por el demonio de la velocidad y la aceleración. Corría a todo pique en el carrito de Alessandro (quien se levanto con mucha facilidad a Melanie). A unos metros de llegar a la carretera que nos mandaría defrente a la frontera; un carro de los melchorianos se cruza por delante. No supe que hacer, si frenaba de todos modos de nada serviría. Tal vez el instinto (cosa que no existe en el hombre, lo han confirmado los estudios etológicos; no es mi culpa) de buen chofer como lo es mi abuelo me salvó; giré de una manera inesperada para esquivar al veterano pelafustán que se me cruzó. Unos alaridos molestosos soltaron mis compañeros de carro, en lo que me enfurecí-¡cállense carajo!-grité severamente. Corrí algunos metros más, me detuve, cogí mi mochila y me despedí sin engolfarme tontamente. Los carros de los policías se habían estrellado, pero uno de ellos logró evadir el choque y seguía empecinado en atraparnos. Pero comprendí que si me quedaba ellos se iban a entretener conmigo.
Deben seguir- les dije- ya falta poco, tengo un plan y los alcanzaré luego- miro a Mística y aun sigo teniendo ese mismo problema de no poder decirle nada cuando estoy frente a ella, a pesar de que no se que pasara luego y que probablemente no la vuelva a ver jamás, mi obstinado problema de ser un tipo de pocas palabras (a pesar de mi afición a la lectura y la escritura) no se ha esfumado. La situación me exige reluctantemente que le diga lo que siento. Ya conozco la respuesta que me podría dar, una vez ella dijo que el que no se atreve fracasa, de todos modos fracasaría si se lo digo.
Mis ojos le expresaron todo lo que tenia que expresar ya que las palabras no servirían de nada.
-Váyanse de una vez los veré en Brasil, ¿okey?
-¿estas seguro de lo que haces?- dice Gabriela-claro que sí, es parte del plan, ustedes tranquilos. De todas maneras los volveré a ver – respondo con seguridad. Pero ninguno de nosotros creíamos eso.
Acaricio la mano de mística, y le doy un abrazo, el último que prometí dar a alguien. Besé su mejilla. Ella imperturbable, era cómplice del silencio. Pronto grité-¡lárguense ya!- y siguieron su camino a una velocidad descomunal.
La camioneta empecinada que venía atrás, se detiene, y baja un viejo alto, corpulento, con la cara roja me mira y dice: “así que tu eres el rebelde”, dime donde esta el resto.
-no hay nadie más, el que manejaba el carro era un idiota que obligué a conducir-le dije con voz firme
Luego baja otro tipo que intenta intimidarme y joderme la paciencia.
-¡no te creo ni un carajo!, pero me da igual-se acerca me arresta y me da un golpe en el estomago, que me deja sin aire, no puedo articular palabra, los miro, les sonrió y hago una señal de “estoy jodido me capturaron malolientes escorias”, ellos me golpean aun más y luego me suben a su carro que apesta a orines.
Otra carta me llegó hoy a prisión. Un amigo, Matías me la leyó, decía que ellos lograron llegar a salvo a Brasil, menos Gabriela que fue herida de bala esta muy grave y apunto de morir. Pero que en Brasil también han empezado las manifestaciones melchorianas, ahora no saben donde ir, piensan escapar en un barco hacia las viejas Europas heladas.
Yo por mi parte ya no les contesto las cartas, lo hacía cuando tenía los dedos de la mano derecha.
La única buena noticia es que, un amigo el que me lee las cartas, es decir, Matías, quien me regaló un arma antes de ser capturado y que paradójicamente es prisionero de la cárcel que el mismo ayudó a diseñar. Me ha hablado acerca de que quiere huir de este pestilente círculo infernal lleno de maricas pacifistas. Nadie más que él (que participo en el diseño) podría conocer la forma de escapar. Y ahora que voy con él por unos túneles caminando al costado de un charco de agua; me dirijo hacia la selva y ya puedo escuchar el sonido de la lluvia y los truenos que emite nuestro firmamento que seguramente esta molesto con los malvados melchores. Pronto saldré de este túnel y cruzaré la selva densa para poder ver a mi adorada Mística. ¡Ojalá pueda atravesar la selva fronteriza! Y llegue a tiempo, antes que ellos partan de Brasil y crucen el maldito atlántico.
Agradezco a Roberth Arias, derivador de la sociedad de los “melchores”
(Contexto en el cual se da el relato), por su colaboración.
La idea fue prestada con el debido consentimiento.
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Nuestra sociedad no es perfecta, pero después de leerte queda claro que existen peores maneras de vivir.
Bienvenido Alan Grover, y gracias por hacer un poco más grande este lugar.