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Inicio Cuentos 4cientos ENTRE VIÑEDOS
ENTRE VIÑEDOS Imprimir E-mail
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Cuentos
Escrito por 4cientos   

 

ENTRE VIÑEDOS

 

Cuando decidió ir por primera vez al médico, Esteban, llevaba varias semanas encontrándose mal. En un principio pensó que se pasaría solo. Era un pequeño malestar al levantarse, ni siquiera era dolor, que conforme pasaban las horas de la mañana, iba desapareciendo. Pero no. Con los días, aquella pequeña incomodidad iba creciendo y se estaba convirtiendo en un problema. Al cansancio se habían añadido dolores musculares, y la desgana y el desánimo le duraban todo el día. No tenia energía para nada, no pasaba por el gimnasio, ni salía los sábados y domingos en bicicleta por el pueblo. Sólo deseaba llegar a casa para relajarse en la ducha y tumbarse en la cama. El último fin de semana lo había pasado en el sofá, intentado hacer ejercicios de relajación y deseando que llegase el lunes para poder estar distraído y no pensar.

No quería darle demasiada importancia y buscó la opinión del doctor Gálvez, el médico del pueblo, al que conocía desde niño, justo desde aquellas primeras tardes de Noviembre en las que el doctor aparecía con su dos caballos por la finca y pasaba la tarde con su padre entre los viñedos y la bodega y después marchaba con un tonelillo lleno del primer vino joven del año. “Es mejor que un BEAUJOLAIS”, solía repetirle su padre... El viejo doctor, a punto de jubilarse, trillado en curar a recios hombres del campo le había recetado unas vitaminas tras auscultarlo y ver que tenia la presión sanguínea y el pulso correctos, pensando que sólo sería un poco de debilidad. Pero no mejoraba. Fue entones cuando recurrió a la mutua médica que tenían contratada en el trabajo. En el gimnasio había coincidido alguna tarde con un par de doctores, Eladio y Pascual, con los que había establecido una mínima amistad. En una primera visita le habían hecho unas analíticas y aunque los parámetros habían salido normales, en el análisis de sangre, habían encontrado algo extraño. No era concluyente. Por eso el doctor había pedido otros análisis más específicos...

La llamada de Eladio, había aumentado su preocupación. No quiso comentarle nada por teléfono y solo le pidió que pasase lo antes posible… Así que tras salir del trabajo decidió ir a la consulta directamente, sin comer, para poder hablar con el médico.

-Pasa… esta mañana han llegado los resultados… - Eladio era un medico joven, buena persona, trasmitía confianza y siempre recibía a todo el mundo con una casi imperceptible sonrisa, dando tranquilidad a sus pacientes. La seriedad del gesto y la sequedad de sus palabras advirtieron a Esteban que algo grave pasaba.

-Primero dime como estás – le interrogó el doctor mientras se sentaban a ambos lados de la mesa.

-Fatal, la verdad. No he mejorado. Al contrario. Voy a peor. Cada día me cuesta mas levantarme… me duele todo, empiezo a tener pequeños mareos a media mañana… Sólo estoy medianamente bien en la cama, porque de día lo paso fatal. Me agoto con cualquier cosa. Me cuesta incluso sentarme en la mesa de dibujo…

-¿Duermes bien?

- La verdad es que si… Noto un poco el calor, en verano es lógico ¿no?, pero me duermo enseguida y lo hago de un tirón…

El doctor tomó lentamente un sobre grande de encima de la mesa, abrió la lengüeta y sacó otros sobres más pequeños. Buscó uno que llevaba el nombre de “Esteban Pedraza” –este es- murmuró para si mismo. Sacó de él tres folios y los desplegó en la mesa, delante de él.

-Bien… creo que empezamos a saber, por lo menos, de donde viene…Con una pluma estilográfica, marcó cuatro círculos mal hechos alrededor de unas palabras impronunciables, en dos de los folios. -Es una intoxicación. Esto no tendría que estar en tu sangre, ni en tu orina…

-¿Qué es?- No quiero asustarte… Es algo tóxico… Son componentes de algunos herbicidas, pero creo que también se utiliza en productos para combatir algunas plagas de insectos y así… No estoy muy seguro. He llamado al laboratorio cuando lo he visto y me han dicho que intentarán averiguar algo más…

Miraba hipnotizado las gráficas y esos cuatro óvalos hechos a pluma por el médico…

-Entonces…- dejó la frase en el aire, mientras intentaba poner mentalmente en orden la información.

-…Deberíamos establecer la procedencia –dijo Eladio –tenemos que saber como ha llegado a tu cuerpo... ¿tomas drogas?

Estaban seguía casi en estado catatónico. La pregunta del médico le devolvió a la realidad.

-¿Crees que a mis 47 años todavía fumo porros?...

-No es eso, pero podría ser que si “supuestamente”- Eladio marcó la pronunciación de la palabra con la voz, para intentar no acusar a su paciente - fueses toxicómano intravenoso, o hubieses inhalado coca y te hubiesen pasado un producto demasiado cortado y tóxico…

Esteban sonrió. Le hizo gracia la corrección del lenguaje.

-Tranquilo. No tomo nada. La última raya de coca me la tomé con 20 años… Además ya sabes que no fumo.

“Inhalado”. La palabra se le quedó a Esteban dando vueltas a la cabeza… -¿Podría ser… de algún producto de la fumigación de las viñas? Ya sabes que vivo en medio del campo…- dijo buscando una explicación coherente.

-No creo... En las cantidades que das en sangre y en orina, yo diría que ha de ser inyectado o ingerido- Dijo señalando los parámetros de los análisis… ¿no te habrás hecho cubatas con insecticida?

Sonrió de mala gana. Se encontraba tan mal que no le pareció demasiado graciosa la broma…

El médico continuó –Bien… Si descartamos la vía intravenosa solo nos queda la ingesta… ¿Dónde sueles comer? Podría ser alguna intoxicación…

-Ya lo pensé. Pero ¿yo sólo? Nunca he sido alérgico a nada y si hubiese algún caso más ya habría salido en la prensa, además como en los mismos restaurantes de siempre, generalmente con Carlos, del gabinete, o con algún cliente… y él está bien. Y en casa… -se quedó pensando un momento- apenas cocino si no es en fin de semana… Y si dices que es un herbicida, ni siquiera cultivo el huerto, no tengo tiempo. Lo compro todo en el super.

Eladio intentó hacer otra pequeña broma –Pues no se… A lo mejor tienes algún enemigo…

La verdad es que no le dio demasiada importancia a las palabras del médico, hasta que al día siguiente, en el despacho de “Pedraza y Yuste” habló con Carlos. Ya le había comentado de pasada, sin entrar mucho en detalles, su malestar, pero esa vez se fue más sincero con las conclusiones del médico.

-Ese va a ser Frank Gehry, que le estamos haciendo sombra.

Esteban intentó sonreír con el chiste favorito de Carlos. Su gabinete de arquitectura estaba empezando a conocerse pues las viviendas sociales que habían hecho para Hilversum cerca de Utrech, en Holanda, habían salido en revistas especializadas y el proyecto había tenido varios premios internacionales. Estaban orgullosos de ese trabajo: un pequeño gabinete de arquitectura, que ni siquiera estaba en una gran ciudad, codeándose con los grandes nombres del mundo… Era rara la semana que no les llegaba alguna petición para otros proyectos en los rincones más inverosímiles del planeta.

-¿Así que Eladio piensa que te están envenenando? – preguntó con cierta incredulidad.

-Dice que mientras no sepamos exactamente de que se trata, es una posibilidad que no debería descartar.

-¿Y quién te quiere muerto?

-Eso digo yo… “¿quién?”…

-¿Tu esposa?

Esteban pensó en Pilar. Llevaban años divorciados. Nunca habían tenido conflictos, ni siquiera cuando decidieron separarse diez años atrás. Tuvieron una relación civilizada siempre, por el bien de su hija y cuando ella le pidió el divorcio no puso problemas y no quiso juzgar la “locura” de irse a Buenos Aires a vivir con su nueva pareja que había conocido por internet. La verdad es que le había parecido un buen tipo en uno de los viajes que había hecho a España y Pilar se lo había presentado. Ahora Pilar y Elena vivían al otro lado del Atlántico. Su hija había venido a pasar el verano anterior con él. Le iba bien en Argentina. O al menos era lo que aseguraba los domingos por la noche cuando solían hablar un poco a través del ordenador.

-No. Ni aunque estuviese viviendo a mi lado, Pilar, sería incapaz de hacerlo. Además no va a coger el avión para venir a escondidas a ponerme cianuro en la sopa…

-… Algún vecino… algún familiar… el “mayordomo”… -Carlos, siguió haciendo la lista de posibles culpables ficticios o reales. -¿Debes dinero a alguien? ¿Tienes algún conflicto en el pueblo? ¿La mafia rusa te persigue?

-Nada. Lo llevo pensando desde ayer y no me sale nadie… No se que pensar. Creo que no tengo enemigos. No debería obsesionarme con esa idea…

A pesar de todo, Esteban no podía borrar de su mente la imagen de una mano misteriosa, echando un tóxico en su comida.

Pasó el fin de semana dando vueltas en el todoterreno, por el pueblo. Paraba en una calle y desde dentro del coche, observaba la cara de sus vecinos intentando adivinar cual de ellos era su enemigo. Nada. Todos parecían normales. Pasaban anónimamente delante del coche y se perdían por las esquinas….

Con la venta de la finca no había tenido problemas. A la muerte de su padre, el viñedo lo había gestionado la cooperativa, ya que él ni su hermano se podían hacer cargo del terreno. –“Sois unos descastados” –les repetía su padre al ver que ninguno de los dos había seguido con la tradición familiar: su hermano ejercía de abogado en un importante bufete de Sevilla y él, tras acabar arquitectura, se había ido a Logroño a vivir con Pilar. Desde la misma cooperativa, encontraron un comprador que le aceptó la condición de no incluir en la venta la vieja casa de labranza, en medio de las viñas. Esteban siempre había soñado con la idea de montar allí su estudio de arquitectura y trabajar en medio del campo, pero al final prefirió dejar el despacho en al ciudad, hacer una importante reforma en el viejo caserón y adaptarlo para hacerse una vivienda a medida. Con el dinero de la venta tampoco hubo ningún conflicto. Su hermano estuvo de acuerdo con el proceso y sacó una buena tajada. Él, había dejado un fondo a nombre de su hija que sólo podría utilizarlo al cumplir la mayoría de edad y tras pagar la reforma de la casa, no le había quedado mucho, pero no le importaba. Estaba contento con el resultado y no necesitaba más dinero, el gabinete de arquitectura daba lo suficiente para vivir. Aunque no se fue nunca del todo, los años que estuvo viviendo fuera habían hecho que los amigos de su infancia y adolescencia hubiesen ido desapareciendo o se diluyesen con los matrimonios; tal vez por eso no hacía mucha vida social en el pueblo. Su trato era correcto con todo el mundo. No había problemas. Las facturas de la reforma habían sido pagadas al contado. No tenía queja de nadie, ni esperaba que nadie la tuviese de él. Su única actividad cotidiana, era comprar de vez en cuando en el supermercado o en alguna tienda e ir a buscar el periódico a la librería del pueblo, a la que se acercaba hasta antes de la enfermedad en su paseo en bici. Ahora no podía hacerlo. Las últimas veces bajaba al pueblo en coche o simplemente no bajaba y se quedaba en cama.

Carlos le insistió en la broma de “el mayordomo”, pero la verdad es que Manuela, la chica que venía tres veces por semana a limpiar tampoco podía ser. Era una joven con mala suerte, viuda, sin hijos que había contratado a través del doctor Gálvez. Apenas tenía trato con ella. Se veían una o dos veces al mes, por que cuando ella llegaba, Esteban ya había salido para la ciudad. No tenía queja de su trabajo. No era muy desordenado y suponía que a la chica no le costaba demasiado tener la casa limpia. Nunca le había faltado nada. El viejo médico le había dicho que era de confianza y con el tiempo se lo había demostrado. Le pagaba a través de un ingreso bancario y alguna vez la había invitado a comer, pero desde que estaba rehaciendo su vida con un reciente novio -según le había contado la chismosa dueña de la librería-, esos escasos almuerzos “de agradecimiento” habían desaparecido.

-Seguro que es ella- le insistía su compañero en broma- es la única que tiene acceso a lo que comes. Yo que tu la vigilaría. Seguro que te inyecta mercurio en las latas de cerveza. Tenías que haber puesto un circuito cerrado de televisión y ahora la pillabas con las manos en la masa…

-¡Qué no! ¡Que ella no es! No insistas. Además… ¿Qué motivo tiene? Reviso todo lo que hay en la nevera y no manipula nada.

-A veces la gente se desquicia… Salen casos en los periódicos… Y hay venenos que no se notan…

Había pensado en lo de la videovigilancia pero ¿para qué? Con una alarma conectada a la central de seguridad tenía más que de sobra. A pesar de la proximidad de Logroño, Fuentemayor era un pueblo tranquilo. Todo el mundo más o menos se conocía. Esteban no tenia noticias de delitos, ni crímenes pasionales, ni robos, ni ajustes e cuentas… No se imaginaba a los ancianos que se sentaban en los bancos de la calle mayor a pasar la tarde viendo circular los coches, vestidos de mafioso y hablando un italiano macarrónico… Tal vez fue para tranquilizar a Carlos, o muy probablemente para hacerlo él mismo –a lo mejor algún desconocido entraba en casa sin saberlo él- por lo que Esteban empezó a pensar en la idea de instalar una cámara oculta.

Pasó una tarde navegando por internet, saltando de página en página para tener una idea de lo que podía adaptarse a su necesidad, pero no encontraba –o no sabía concretamente- lo que quería. Fue al rozar con el dorso de la mano, mientras movía el ratón, la web-cam, cuando tuvo una idea.

La “cam” era inalámbrica, con buena definición de imagen y zoom. La podía manejar desde el ordenador o con un pequeño mando a distancia. Era uno de esos caprichitos tecnológicos que de vez en cuando tenía; como la réflex digital, el plasma, el dvd con disco duro… Seguro que serviría. Miro alrededor de la estancia buscando un sitio donde camuflarla. En la reforma, había tirado un tabique haciendo una gran sala para todo. En un lateral, estaba la cocina, después y a modo de separación había hecho construir una especie de mesa-mostrador-barra de piedra; a continuación tenía una gran sala donde estaba la televisión plana de 42 pulgadas colgada de la pared, unos cómodos sofás en frente en forma de “U” con una mesa delante, bajita, de aspecto rústico. La última parte la ocupaba una mesa de despacho con el ordenador, y tras ella una de las mesas de dibujo, para terminar con dos estanterías a los lados de una chimenea. Hacía prácticamente la vida allí. Entre la barra de piedra y el sofá había una puerta que daba a un pasillo donde estaba la puerta principal de la vivienda y la escalera para subir arriba. En el piso superior tenía el dormitorio, otra habitación llena de libros, y un estudio con un gran ventanal que daba a los campos de viñas, una vista espectacular, donde había instalado la otra mesa de dibujo. La parte alta de la estantería sería un buen sitio para tener una visión general de la sala. Abrió el ordenador y conectó la cámara. Con la ayuda de una escalerita plegable, la colocó discretamente entre unos libros y unas figuras de imitación de los guerreros de Xian que compró en un viaje a Pekín y se sentó delante de la pantalla. Con el mando a distancia, bajó un poco el objetivo y amplió ligeramente la imagen. Era bastante nítida. Tenía una visión global de la puerta de entrada, la zona del sofá y la cocina al fondo. Con un poco más de zoom se veían bastante bien hasta los botones de la campana extractora. Buscó un programa de grabación y enlazó la imagen de la cam. La dejaría grabando sobre el disco duro y no tendría problemas, con el espacio que le quedaba en la memoria podría grabar unas 50 horas seguidas. No era necesario. Con tres o cuatro habría bastante. Hizo una prueba: apagó la pantalla y dejó el equipo grabando mientras él mismo deambulaba por habitación. Después revisó lo que había registrado. La imagen se veía bien. Vio como él mismo se sentaba en el sofá, se levantaba, abría el horno, lo cerraba, colocaba bien el jamonero que había sobre la encimera de mármol, volvía al sofá… Justo lo que había hecho minutos atrás. Al día siguiente, miércoles, día en que Manuela venía a limpiar, antes de salir para el despacho, dejaría todo funcionando, con la pantalla apagada. A ella no le extrañaría ver las lucecitas del ordenador conectado, por que prácticamente siempre lo dejaba así.

Llegó tarde de la ciudad. Se había entretenido demasiado intentando acabar un proyecto de apartamentos en San Carles de la Rápita que necesitaban entregar cuanto antes. Quería ver lo que había grabado pero se encontraba verdaderamente mal. Hacía calor y buscó un refresco en la nevera. Se sentó delante del ordenador, abrió la pantalla y derivó la imagen a la televisión. Extendió una pequeña antenita de un dispositivo y se fue al sofá. Con el teclado sin cable revisaría la grabación. Se tumbó de lado y le dio al “play”. No había audio. Parecía una foto fija de la habitación. Puso doble velocidad para pasar la imagen más rápido. De pronto, como en una película de cine cómico apareció Manuela por la puerta. Volvió a poner el video a velocidad normal. Todo le pareció correcto. Dejaba el bolso en el sofá. Limpiaba la sala. Ordenaba cosas. Se perdía por la puerta para limpiar la parte de arriba. Volvía. Abría la nevera. Se servía un vaso de agua que luego limpiaba… Y se marchaba, dejando la falsa imagen inmóvil, de antes de su llegada. Buscó con el teclado, el punto donde aparecía la chica otra vez y volvió a ver las imágenes. No, no era ella. Todo era absolutamente normal… Decidió grabarla unos días más y las imágenes siempre eran las mismas. No hacía nada sospechoso. También revisó las grabaciones hasta el final… ¿y si volvía y no se había dado cuenta? ¿Y si entraba otra persona cuando la chica se había marchado? ¡Que estupidez! En todas las grabaciones, Manuela, antes de salir se la veía conectando la alarma como él le había enseñado y Esteban la encontraba siempre correctamente programada a su regreso. Pensó que se estaba volviendo loco. Se empezaba a obsesionar con la posibilidad de que alguien entrase en la casa. Las pruebas, la lógica, le decía que no. Pero aún así… Había prestado algunas llaves mientras hizo las reformas para que carpinteros, albañiles y fontaneros, pudiesen trabajar con comodidad mientras el estaba en la ciudad. ¿Y si algún desalmado había hecho copias? ¿Y si alguien sabía desconectar la alarma de alguna manera que el desconocía? Decidió grabar también durante los días que Manuela no venía a limpiar. Pero nada. En las tres grabaciones que hizo, siempre se veía la sala vacía. Horas y horas en las que con un poco de de atención, sólo podía ver cambiar la luz que entraba del exterior. Pero nada más…

¿Y por la noche? ¡Claro! ¡Era más fácil! Mientras estaba en casa no tenía la alarma conectada. Además, con el calor, solía tener varias ventanas discretamente abiertas… ¿Qué podía perder? Grabaría durante algunas noches para descartar también esa posibilidad…

Esperó al anochecer para hacer unas pruebas. Dejó una ventana abierta para que la luz de la luna en cuarto creciente iluminase algo la sala. Revisó la instalación de la cam. Comprobó de nuevo la memoria y lo conectó todo. Apagó todas las luces… Deambuló por la habitación como había hecho días antes. Luego volvió al ordenador para comprobar la grabación. En la imagen azul oscuro que le daba la pantalla, distinguió la penumbra de la habitación. Se veían con cierta dificultad las lucecitas del horno y de la nevera al fondo; más cerca se apreciaba el sofá y la mesa pequeña. Se distinguió en su merodeo de prueba por la habitación… -Tal vez no serviría- apenas se le podía distinguir la cara. Pero lo intentaría de todos modos. Borró la grabación y lo preparó todo de nuevo para conectarlo justo antes de ir a dormir.

Tardó en levantarse. El dolor de cabeza era insoportable. La verdad es que le dolía todo: las manos las piernas, la espalda, el estómago… Con un esfuerzo sobrehumano se fue a la ducha. Al salir buscó el móvil y le mandó un mensaje a Carlos diciendo que se retrasaría un poco. Bajó a desayunar. Se acercó al ordenador y paró la grabación. Desde ahí echó un vistazo a la habitación. Todo parecía normal. Fue a la cocina y se preparó un zumo de naranja. Después volvió al “pc” y lo preparó todo para revisar la película desde el sofá. Conectó la enorme pantalla de plasma, buscó el canal donde recibía la imagen del ordenador y le dio al “play”. La imagen no era perfecta pero distinguía bien la habitación. Puso el avance rápido. Apenas había diferencia en la calidad de reproducción… De pronto un fogonazo de luz iluminó la pantalla. Esteban notó como se le aceleraba el corazón. Paró la imagen y rebobinó, hasta unos segundos antes que se encendiese la luz de sala. Puso la imagen en reproducción normal y observó con atención la pantalla. La luz se encendió de nuevo y por la puerta entró una imagen familiar. Demasiado familiar. Con la misma fascinación que un niño mira un acuario por primera vez, Esteban observó como él mismo entraba con toda naturalidad en la cocina. No recordaba haberse levantado, y parecía bastante consciente para estar medio dormido. Recordó que al principio de su matrimonio, Pilar le había dicho que en ocasiones hablaba en sueños… Pero eso era otra cosa. El Esteban de la pantalla se acercó con naturalidad a la nevera. Sacó un cartón de leche y lo puso encima del mármol. Buscó un vaso largo y lo llenó de leche. Después se acercó al fregador. Abrió la puerta de la parte baja y puso al lado del vaso una caja verde. Desde el sofá Esteban reconoció enseguida esa caja. Era el matarratas que había comprado meses atrás para combatir una pequeña invasión de roedores. Entonces se vio a si mismo, cómo abría la caja y ponía tres cucharadas del producto en la leche. Mientras lo removía, el personaje de la pantalla se giró. Miró a la cámara y sonrió con malicia. Alzó el vaso haciendo un brindis y se lo bebió de un trago. Después, dejó el vaso encima del mármol volvió a sonreír a la cámara…

 

 

 


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