top
logo

Iniciar sesión. Registrarse



IMPORTANTE

- Poner seudónimo o nombre y apellido en el apartado "nombre" ya que aparecerás así.
- Libertad de elección en el apartado "nombre de usuario".

Clasificación de sitios - ¡Inscriba el suyo!




Si te gusta leer, te sorprenderá el contenido de esta web

Literatura de gran calidad, múltiples autores


Inicio Cuentos 4cientos MARIPOSAS
MARIPOSAS Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 6
MaloBueno 
Cuentos
Escrito por 4cientos   

a Gerard,

…y a F. Llobat, por supuesto.


MARIPOSAS

 

 

En la penumbra de su celda, Jose Luis cerró la bolsa de viaje y miró el despertador -Temprano, todavía falta para que amanezca-, pensó. Se acercó a la mesa de trabajo, encendió el flexo y abrió con cierto cuidado el álbum que con tanto esmero había ido preparando. Le iba a echar un último vistazo antes de salir para Pamplona, no fuese que faltara algo. Quería estar seguro de que la "narración" de lo que había recopilado era correcta. Durante meses había ido recibiendo fotos, sobre todo, pero también pequeños recuerdos y algunos animales disecados que habían llegado de todas partes del mundo. No fue difícil ponerse en contacto con las misiones de la Orden e ir recabando información del paso por ellas del Hermano Fernando. Perú, Manaos, Tanzania, Madagascar... De su paso por Vietnam había poco: la misión había sido cerrada hacia años y apenas pudo encontrar nada. Sólo gracias a un dominico retirado con su familia en Napa, California, había conseguido un par de fotos del Hermano, con gentes de la misión en una, y otra en pantalón corto con un par de caimanes recién cazados. También había algo de su etapa de docente, en León, donde estuvo dando clase de ciencias naturales y tres o cuatro de instantáneas hacía pocos años, en el monasterio donde pasó la última época antes de ingresar en la residencia.

Volvió a notar el mismo pequeño nudo en la garganta que sintió mientras pegaba las fotos. Una vida tan rica para nada. En su mente se agolpaban pequeños recuerdos de esa última época. Los primeros despistes y las primeras perdidas de memoria, no supieron alertar del problema que vendría después... Pero ya era tarde. En poco tiempo su cerebro se había ido desmadejando, deteriorando y al final borrando del todo. No era justo... Dios no podía tener tan poca consideración.

Guardó el álbum en un pequeño maletín e introdujo también un par de cajas con insectos disecados, para ponerlas en la habitación de la residencia. Pronto el hermano José Luis partiría a misiones y sentía que debía tener ese gesto con su viejo profesor. Aunque no sirviera de nada. Sólo con que en el centro conociesen que aquel anciano de mirada acuosa y sonrisa inocente, que siempre estaba callado y que ya no reconocía ni a las propias cuidadoras, había sido un misionero enamorado de su vocación, un gran trabajador en las comunidades por las que había pasado, y un excelente investigador del mundo animal; le bastaba.

El viaje hasta la residencia de Pamplona no era muy largo; en unas tres horas llegaría desde el monasterio. Con un poco de suerte, cuando estuviese finalizando la hora del desayuno. Si podía, Jose Luis prefería conducir temprano, así evitaba el calor del día y le gustaba ver amanecer mientras viajaba. Los primeros rayos en el horizonte le ayudaban a reflexionar. No había demasiada circulación y el religioso retomó sus recuerdos .

"Topillo". Recordar esa palabra le hizo sonreír. Miro su nariz de reojo en el retrovisor. Por suerte ya no era tan respingona como cuando era un niño. Así le llamaba con cierta sorna era el Hermano Fernando, ahora creía que sin ninguna maldad, ya que solía poner apodos a la mayoría, siempre relacionados con el mundo animal. Además en el colegio José Luis había sido un buen estudiante y el profesor siempre había estado contento con él dejándole, incluso, las notas que había ido escribiendo sobre la catalogación de insectos de su colección. Fue un período corto en el que se conocieron en el centro uno como docente y el otro como alumno; entre dos estancias en misiones del Hermano, pero se habían cogido cariño y cuando José Luis decidió que sí, que era cierto, que había sentido la llamada de Dios y que acabaría sus estudios en el seminario el primero en saberlo había sido el Padre Fernando a través de una carta enviada a Sucre, en Perú. Y años después cuando decidió tomar los votos de la Orden también se lo había comunicado al religioso.

Mientras conducía los recuerdos se fragmentaban y se alternaban en su memoria. Del seminario a las cartas que intercambiaron durante años. De aquella vez que apareció por sorpresa en el aeropuerto, para despedirlo antes de su primer viaje a Paraguay, su primer destino en misiones; a los últimos años que compartieron en el monasterio... En un principio Jose Luis se alegró de coincidir con su profesor, pero con los días, la vida monacal le hacia sentir algo inútil. Ahora se reprochaba el periodo de esa última época en el había preferido trasladarse a un centro docente, ya que se sentía algo inútil entre aquellos monjes mayores que él. Cuando le hablaron de los primeros síntomas, él tampoco le dio importancia, lo achacaron a cosas de la edad, y decidió quedarse un año más dando clases en el instituto de Cádiz que, sin darse cuenta, se convirtieron en tres. Luego al empeorar la situación volvió a pedir al superior regresar a la congregación del monasterio. Pero llegó tarde.

Las primeras luces de la mañana le sorprendieron poniendo gasolina y aprovechó para refrescarse la cara. En el lavabo, un pequeño dinosaurio de juguete olvidado por un niño le hizo recordar la devoción de su maestro por ellos. -¿Sabes que aquí tenemos un hipopótamo con alas?-. A veces, José Luis le acompañaba en la recepción de las visitas que llegaban al monasterio y comprobaba divertido como intentaba engañar a los más pequeños. -¿quieres ver a la Lola Flores?- y señalaba una mariposa con la parte baja de sus alas parecida a una bata de cola de color rojo y lunares negros. No importaba que continuamente le recordase al Hermano que la artista había muerto hacía muchos años y los niños de ahora no la conocían; el seguía usando las mismas bromas... Casi siempre, después de mostrar orgulloso su colección de insectos, guardaba para ellos una pequeña sorpresa final. Se llevaba a su celda a toda la familia y allí, abría una de las numerosas cajas de zapatos que usaba como archivo y sacaba un sobre cuadrado con una mariposa dentro, entreteniéndose en mostrar cómo tenían que hacer para conservarla -les abres las alas con cuidado y las pones en una cajita con un cristal. Sin alfileres. ¿A que a ti no te gustaría que te clavasen con agujas a la pared? A las mariposas tampoco-. A los que mostraban más interés solía regalarles un ejemplar de una especie poco conocida o supuestamente extinguida, pero de la que él, cada primavera en unos días concretos de Mayo, solía cazar algunos ejemplares en un paraje secreto cercano al nacimiento del Ebro y sonreía orgulloso de ser la única persona en conocer su existencia. Las familias quedaban encantadas con la visita y aunque el Hermano nunca pedía nada a cambio, en el cepillo del monasterio si se notaban esos gestos ya que desde la ausencia del monje los ingresos habían disminuido.

La residencia se encontraba a unos cinco kilómetros de la ciudad, regentada por una pequeña comunidad de monjas dominicas. Era un viejo convento de la Orden, reformado para poder atender a religiosos de avanzada edad que necesitasen cuidados. Ocupaba una finca con un edificio construido en el siglo XIX y un gran patio interior con un huerto lleno de manzanos, reconvertido en un sombreado y descuidado jardín por donde paseaban casi una veintena de ancianos misioneros. -Con los kilómetros que han hecho entre todos, podríamos dar varias vueltas al mundo- le comentó una vez la Hermana Mónica, superiora del centro. -...Y con los de uno sólo también, hermana, con los de uno sólo también... La religiosa le puso al corriente de las novedades. Prácticamente ninguna. Seguía bien, eso quería decir estable, que no había empeorado, pero evidentemente no había mejora. Seguía siendo como un niño perdido, sin recordar quien era, ni a nadie, ni nada. -Si no fuese por el Hermano Nicolás, que le marca lo que tiene que hacer en cada momento y no lo deja ni a sol ni a sombra, sería capaz de quedarse en la cama; no por que esté enfermo o no pueda caminar, no; sino porque olvidaría que tiene que levantarse. A veces comiendo, se queda parado, mirando al infinito, y pienso que un día se va a quedar así sin saber para qué sirve el tenedor que tiene en la mano, entonces cruzas la mirada con él, descubre que lo estás observando, te sonríe y sigue comiendo...

Mientras desayunaba en el despacho de la Superiora, ella fue observando atentamente el álbum. La idea de hacerlo había sido suya. Le gustaba tener fotos del pasado de los internos ya que con "inquilinos tan ilustres", como solía decir, era un desperdicio no tener recuerdos de sus vidas, por ellos y también por la congregación. Las Hermanas apenas habían viajado y aquellas viejas imágenes de los misioneros por el mundo, les ayudaban a recorrer mundos exóticos y desconocidos. -¡Pero si este gorila es más grande que él!- dijo señalando una imagen de la misión en Tanzania.

Por la galería interior que daba al patio entraba una cálida luz primaveral. La monja miró un discreto reloj de pulsera, escondido en la manga del hábito -Deben estar ya paseando por el jardín-. Se acercaron a la habitación del Hermano Fernando para dejar las cajas de insectos. Después de la visita las colgaría en la pared blanca. Allí en una esquina estaba, igual que lo dejó en el viaje anterior, el cazamariposas que le había traído con la esperanza que lo cogiese alguna vez. También parecían sin tocar los libros que había dejado en la mesita: un pequeño misal, otro sobre las misiones de la Orden en América Latina y un ejemplar de la Introducción a la Entomología que años atrás, por fin, pudo editar el Hermano. -¿Nada? -dijo Jose Luis señalando los libros. -Nada. No estamos a todas horas con ellos, pero creo que no ha abierto nunca uno, ni para ver las fotos...

Atravesaron el patio en busca del Hermano Fernando. El aroma de los manzanos en flor era espectacular comparado con el olor a bosque húmedo de los alrededores del monasterio. Dos ancianos cavaban un pequeño huerto ayudados por una cuidadora. Al fondo tras una pequeña fuente de piedra estaba el anciano monje acompañado de otro residente, sentados en un banco.

-¡Jose Luis!- chilló el Hermano Nicolás al reconocerlo y lo abrazó. El otro anciano los miró con curiosidad, mientras se saludaban. La Hermana Mónica se acercó al monje y le explicó -Es el Padre Jose Luis, del monasterio, ha venido a verle... El religioso la miró con el aire de quien quiere preguntar algo y no se atreve, y sonrió en silencio. Jose Luis se acercó a su maestro y se sentó al lado -¿Cómo está?- El Hermano Nicolás respondió por él -¡Como una chota! ¡...Y además se está quedando sordo!- -...Bien, estoy bien... - Jose Luis sabía que una de las consecuencias de la enfermedad era la parquedad en las respuestas y otra la desconfianza que tenían a casi todo, por eso no quiso forzar las preguntas ni ahondar en su perdida de memoria y se dedicó con el otro anciano a ponerle al corriente de las novedades en el Monasterio y de su inminente viaje a la misión el Perú.

-Le he traído un pequeño regalo- dijo extendiéndole el álbum al Hermano Fernando. Lo tomó con extraña curiosidad y fue pasando muy despacio, entreteniéndose en los detalles de las fotos. El otro anciano a su lado le leía las pequeñas etiquetas explicativas que Jose Luis había añadido. -Mira, aquí estás con una anaconda... y aquí construyendo la escuela que hiciste en la misión de Manaos... ¡Eres tú!-. -¿Ah sí? ¿Soy yo?- preguntaba sin dejar de ver aquellas fotos con la misma fascinación de un niño que descubre su primera enciclopedia de ciencias naturales. -¿...Y este?- dijo señalando una divertida imagen suya vestido como un explorador de película de Tarzán; -También... y aquí estás en Nah Trang, en la misión de Vietnam... y esto de aquí es un armadillo... y aquí en el colegio donde estuviste de maestro, con un montón de chavales...

Pasaron un buen rato viendo las fotos. El hermano Fernando miraba sorprendido cada imagen y sonreía con un poquito de orgullo al descubrirse protagonista de las instantáneas. No se dieron cuenta que el cielo se había nublado dejando la mañana algo plomiza. Unas ligeras gotas amenazaron lluvia y la Hermana Mónica decidió entrar. Jose Luis le ofreció el brazo a su maestro y caminaron despacito hacia el edificio. De pronto, el Hermano Fernando, casi a saltitos, como un duende, se adelanto a los demás y se perdió entre los manzanos. Jose Luis fue detrás de él y lo encontró agachado, casi de rodillas mirando algo. Con un dedo entre los labios le indicó que permaneciese en silencio. Se acercó sigilosamente y se agachó al lado del viejo monje. Vio entonces un par de mariposas blancas que revoloteaban sobre unas margaritas silvestres, casi a ras de suelo. -¡Ah!- sonrió-... Es una mariposa...

-Una mariposa, una mariposa...- dijo el Hermano Fernando refunfuñando - ¡Ay Topillo! Te he dicho cien veces que uses su nombre científico... es una Lysandra Albicans y es muy raro encontrarla en estas fechas.


 

 
Comentarios (1)
Siempre es tiempo para la magia
1 Domingo, 11 de Octubre de 2009 11:16
Javier (adm.)
En una mariposa, en una flor, en una caricia, en cualquiera de las cosas pequeñas se encuentra la magia, sólo hay que saberla mirar y dejarse atrapar por ella, volviendo a la vida como vuelve el hermano Fernando.
Ponte cómodo estimado 4cientos, estás en tu casa.



SI TE HA GUSTADO ESTA OBRA, HAZNOS UN FAVOR, VETE ARRIBA Y VOTA POR ELLA

SI TE HA GUSTADO ESTE AUTOR A LA IZQUIERDA PUEDES VER SI TIENE MÁS OBRAS EN ESTA SECCIÓN

RECUERDA QUE TIENES MÁS SECCIONES LITERARIAS





TE RECUERDO QUE A LA IZQUIERDA TIENES ENLACES A LAS ÚLTIMAS OBRAS Y A LAS MÁS VALORADAS









bottom

Potenciado por Joomla!. Designed by: Joomla Templates, web hosting. Valid XHTML and CSS.