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Inicio Cuentos Javier (adm.) TORO BRAVO
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Cuentos
Escrito por Javier (adm.)   



No sé cuál es el motivo por el que hoy no puedo dejar de mirarte. Me da la sensación de que emites algún tipo de energía que atrapa delicadamente mi mirada.


Hace mucho tiempo que estamos juntos, casi la mitad de mi existencia, pero nunca me había sentido tan atrapado por ti. Puede que sea porque hoy me siento triste, puede que sea porque hoy he perdido la ilusión al igual que la perdí cuando tú llenaste de sangre aquella arena que te obligaron pisar. El bello marco con el que te vestí parece haber envejecido, hasta hoy no me había dado cuenta, quizás porque hasta hoy no había vuelto a mirarte como te miraba cuando caminabas por las verdes praderas maravillándome con tu majestuosidad, esa majestuosidad que un día intenté plasmar, sin llegar a conseguirlo, en este lienzo que ahora atrapa delicadamente mi mirada. Sigo mirándote y me mente se llena de recuerdos, de recuerdos lejanos y de recuerdos cercanos, recuerdos que se fusionan creando una realidad, tan dolorosa, que arranca de mis ojos pequeños borbotones de tristeza. Tú, al igual que ella, hacías que emanaran de mí intensas emociones. Tú, al igual que ella, dejaste vacío mi interior con tu obligada partida. Pero cuando tú te marchaste la presión que ejercía el vacío creado no era tan fuerte como la que ahora me ahoga, aquella vez mi cuerpo aguantó estoicamente, pero ahora parece que se está dejando arrastrar. Siento que acabaré como acaban algunas estrellas, implosionando en mi propio interior, creando, tal vez, un pequeño agujero negro, un pequeñísimo agujero negro que comenzará a devorarlo todo. Un pequeño agujero negro que atrapará toda esta casa, atrapando con ella todos los recuerdos que la habitan, incluidos tus recuerdos. Puede que el pequeñísimo agujero negro que forme mi implosión acabe llenándose y, no pudiéndose contener en sí mismo, termine explotando, convirtiendo tus recuerdos, sus recuerdos y mi cuerpo, en pequeñísimos átomos que viajarán con el viento, disgregándose por el Cosmos, de tal forma, que parecerá que nunca hemos existido.


Hace ya trece años, una de las múltiples vacas preñadas traía al mundo una indefensa criatura. La potente luz de la luna, que se encontraba plenamente iluminada, te bañaba dándote el don de los que han nacido para dejar huella. Quizás por casualidad, quizás por deseo del destino, yo te vi nacer, supe desde entonces que ibas a ser parte importante de mí.


Hace ya tres meses, una de las múltiples mujeres que se hallaban en un tranquilo pub, bailaba en la pista. La suave luz formada por los multicolores reflejos que partían de la gran bola que giraba sobre su cabeza, la bañaba dándole el don de los que han nacido para dejar huella. Quizás por casualidad, quizás por deseo del destino, yo la vi, supe desde entonces que iba a ser parte importante de mí.


Tu madre lamía tu cuerpo, con tanta ternura, que me vi obligado a quererla. Tu endeble figura parecía no poder aguantar aquellos cariñosos lengüetazos, pero tú sabías que aquello era necesario, por eso no dejabas de mirarla como queriendo conectar con sus pensamientos. Nunca he comprendido a las personas que piensan que los animales no tienen alma, aquella escena, que impregnó todo mi ser, me reveló que toda criatura forma parte del camino evolutivo que todos estamos obligados a recorrer, aquella escena me hizo entender que transcurridas algunas vidas tú acabarías naciendo humano, o tal vez, ¿por qué no? Yo acabaría naciendo toro, pues es difícil saber cual de las dos razas está más evolucionada. Vamos hijo aquí ya no hacemos nada. Las palabras de mi padre me devolvieron al mundo que había abandonado observándote. Tenías ese poder, siempre que me encontraba cerca de ti viajaba a un mundo irreal, a un mundo de sueños en el que era feliz. Todos aquellos momentos te los debo y creo que nunca te los he sabido pagar, aunque quizás sí, tal vez el hecho de recordarte te de algo de vida, una vida etérea distinta de la vida que te arrancaron en aquella plaza donde demostraste tu nobleza.


Ella clavó su mirada en la mía, sus pensamientos, sus deseos y sus temores, penetraron en mí llenándome de ilusión y de inquietud. Dejó de bailar y se apoyó en una columna forrada de espejos. Parecía estar apoyada en sí misma. Seguía mirándome. Dejé la copa en la barra y caminé despacio hasta situarme a su lado. Mi boca, al igual que la suya, permaneció cerrada, sabía que no debía decir nada, sabía que las palabras se muestran incapaces de expresar sentimientos tan profundos. La música desapareció y el tiempo se paró, mientras, todo daba vueltas a nuestro alrededor. Nos habíamos convertido en el centro del Universo. Fluían hacia nosotros todas las energías que lo contenían, energías que ejercieron sobre nuestros cuerpos una presión que hizo que nos acercáramos. Mi boca, al igual que la suya, se abrió ligeramente emitiendo y recibiendo moléculas de Amor. Seguía mirándome. Nuestros labios siguieron acercándose hasta tocarse. Los temores desaparecieron. Cerró los ojos, aún así, yo sentí que seguía mirándome, quizá porque había dirigido su mirada hacia mi interior, al igual que yo dirigí la mía hacia el suyo. La ilusión se hizo tan grande que comenzó a manar de nosotros esparciéndose por el resto del Universo. Quién sabe, quizá dimos un poco de alegría a todos los habitantes de la creación. Pero esa demostración de bondad apenas duró unos segundos, la ilusión esparcida regresó a nosotros dejando, quizás, desvalidos a los que antes había reconfortado, nuestro egoísmo impidió que repartiéra­mos más tiempo la felicidad que nos sobraba, creímos necesitarla tanto que la guardamos para nosotros. Ahora que yo necesito la de los demás me doy cuenta de lo importante que es repartirla, pero el egoísmo de los seres que viven en el Universo no me enoja, porque los comprendo y porque sé lo difícil que es acordarse de los apesadumbrados cuando uno se siente feliz. Nuestro beso hizo que partes de mí se depositaran en ella y partes de ella se depositaran en mí, germinando en nuestro ser un amor que poco después, traicioneramente, se esparciría humedeciendo y entristeciendo el asfalto. Ella, al igual que tú, conseguía transportarme a un mundo mejor. También con ella tengo la sensación de no haberle pagado los hermosos momentos que me regaló. ¡Cuánto la echo de menos! ¡Cuánto la extraño! Recordándo­la, tal vez, al igual que a ti, consiga darle algo de vida, de esa vida etérea donde el sufrimiento no tiene cabida, pero recordándola noto que muero a trozos, trozos que voy dejando en el camino y que ni tan siquiera me molesto en recoger, porque en realidad deseo ver caer mi último pedazo, con el único temor de no poderme recordar a mí mismo, para así poder viajar a ese mundo etéreo donde existís gracias a mí y compartir con vosotros el transcurrir de un tiempo que no transcurre.


Te vi crecer en libertad, sin darme cuenta que habías nacido para morir en cautividad. Pronto dejaste de necesitar a tu madre convirtiéndote en un animal solitario que siempre estaba alejado de la manada. Tu porte y tu figura daban belleza al paisaje vistiéndolo de solemnidad y consiguiendo que los atardeceres se convirtieran en eternidades llenas de instantes de felicidad. Tranquilo, quieto, sereno, mirabas el horizonte, intentando comprender por qué tus ojos eran incapaces de ver todos los colores que hacían hermosa la naturaleza. Yo, al igual que tú, tranquilo, quieto, sereno, miraba tu semblante, intentando comprender por qué mi mente era incapaz de entender tu lenguaje. Los dos meditábamos sin darnos cuenta de que el sol, tranquilo, quieto, sereno, nos miraba intentando comprender por qué siendo tan iguales éramos tan distintos. Con el atardecer, la luz amarillenta se convertía en una luz anaranjada y rojiza a la vez, una luz que intentaba mostrarnos nuestro futuro y el futuro de nuestros seres queridos, pero nosotros, absortos en nuestros pensamien­tos, no nos dábamos cuenta de que el gran astro nos mandaba mensajes. Quizá tú lo comprendiste cuando al embestir a un extraño caballo, tus cuernos fueron incapaces de traspasar una piel que te pareció artificial. Empujabas con coraje sin conseguir tus propósitos y sin darte cuenta, de momento, que ese molesto pinchazo que notabas en tu cuerpo, era debido a que una larga lanza, dominada por un sanguinario jinete, se clavaba en tu espalda haciéndola sangrar. Sólo cuando dejaste de embestir a ese extraño caballo artificial, sólo entonces, pudiste observar en la arena de la plaza el mismo color que veías al atardecer. Quizá tu mente se sintió confusa, los bellos recuerdos que ese color instalaba en tu mente en nada se parecían al dolor que en ese momento sentías, pero esa confusión seguramente fue fugaz, ya que tu inteligencia acabaría haciéndote comprender que las rojizas manchas de la arena representa­ban tu atardecer, el atardecer de tu vida. Aún así tu nobleza impidió que ese fuera también el atardecer de la vida de tu asesino.


Yo comprendí el mensaje que el sol nos mandaba cuando ella, sin presentir el peligro, comenzó a atravesar la carretera. Lo comprendí cuando el asfalto adquirió ese tono rojizo que tantas veces había observado. Cuando vi el atardecer de la vida de la mujer que tanto quería, recordé el atardecer de tu vida, esos dos atardeceres me demostraron que, cuando llegue mi atardecer, todo se teñirá de rojo, y tal como me siento parece ser que ese atardecer ha llegado ya.


Sonaron las trompetas al igual que en el Apocalipsis, decían que la tercera parte del sacrificio estaba consumada, faltaban por llegar las otras dos terceras partes. Un hombre se situó enfrente de ti, se hallaba a unos diez metros y te incitaba descaradamente para que le embistieras. Comprendiste que ese hombre, al igual que el caballo, era artificial, sus brazos levantados eran desproporcionada­mente largos y acababan en punta, una punta de metal capaz de conseguir que el rojo líquido que te mantenía vivo surgiera de ti llenando de más atardecer la arena que pisabas. Aún así puede que te creyeras más fuerte que él, pues aunque no habías sido capaz de atravesar la extraña piel del caballo y ese hombre parecía poseer una piel parecida, echaste a correr con la seguridad de sentirte superior. Pero él consiguió esquivarte. Notaste dos nuevos pinchazos en tu espalda, menos dolorosos que el anterior, pero más molestos. Después observaste al hombre con el que te habías cruzado comprobando que sus brazos se habían hecho pequeños. Más tarde, al echar a caminar, te diste cuenta de que había algo clavado en ti, mirando hacia atrás descubriste que lo que le faltaba a ese hombre se hallaba agarrado a tu carne. Aquello te enfureció e intentaste que esos brazos se soltaran, pero te resultó imposible. Sólo al ver a otro hombre que se había situado enfrente de ti, fuiste capaz de olvidarte de ellos. Ese hombre también te incitaba. Sabías que ese nuevo enfrenta­miento podía acabar como el anterior, pero tu raza te decía que debías intentar ganar esa nueva batalla. También la perdiste. Te esquivó dejando dos nuevos brazos agarrados a tu ser. No les habías hecho nada, pero ellos se habían empeñado en hacerte sufrir, ¿por qué?, seguramente descubriste que nadie tiene la respuesta. De nuevo el primer hombre se situó delante de ti, habían vuelto a crecerle los brazos y con ellos levantados volvía a incitarte para que embistieras, volvía a darte la oportunidad de ganarle. Una nueva derrota dejó dos nuevos brazos clavados en ti. Las trompetas del Apocalipsis volvieron a sonar, diciendo que otra tercera parte del sacrificio estaba consumada. La última parte estaba por llegar.


Ella me vio desde el otro lado de la carretera. Me llamó. Yo, al oír su voz, dirigí mi mirada hacia el lugar de donde provenía ese bello sonido. Vi unos ojos llenos de luz y de amor, también pude observar una sonrisa llena de alegría. En mi rostro también se dibujó la felicidad. Esos maravillosos ojos se clavaron en mi boca olvidándose de todo lo demás. Esos maravillosos ojos debieron sentir esa distancia como algo no deseado. Esos maravillosos ojos comenzaron a acercarse a mí, sin sospechar que ese acercamiento nos alejaría para siempre. El claxon del coche, al igual que las trompetas del Apocalipsis, anunció que estaba próximo el final.


Un hombre, con la misma piel que los anteriores, se situó a tu lado. También era un hombre artificial, pues uno de sus brazos era tan largo que se arrastraba por el suelo, un brazo ancho que se situó a pocos centímetros de tus poderosos cuernos. Seguramente creíste que te iba a resultar muy fácil destrozarlo, tan fácil, que cuando embestiste comprobando que no resultaba dañado por tu mortal cornamenta, no pudiste evitar dejar de sorprenderte. Ese extraño brazo era tan etéreo que podía tocar tus afilados pitones sin ser herido por ellos. En multitud de ocasiones embestiste intentando clavarte en él, recibiendo a cambio una suave caricia que recorría tu rostro. Los anteriores hombres te habían herido, sin embargo éste te acariciaba demostrándote que era tu amigo. Seguramente todo te pareció un juego, un divertido juego que te hizo olvidar tus heridas. Pero pasado algún tiempo al hombre de brazo etéreo le creció el otro brazo. Su nuevo miembro era afilado y de metal. Sabías que esa forma y ese brillo eran capaces de rasgar tu piel clavándose en tu carne, sabías que esa forma y ese brillo eran los que conseguían llenar de atardecer la arena en la que hasta entonces habíais estado jugando, fue cuando comprendiste que el juego había terminado, que, por extrañas razones, ese nuevo amigo se había convertido en tu enemigo. Estaba parado delante de ti, su brazo etéreo se hallaba situado entre los dos, incitándote a embestir. El brazo capaz de herir se hallaba en lo alto, apuntando hacia tu maltratada espalda. Seguramente, al observar la descomunal grandeza de ese nuevo brazo brillante, recordaste todas tus heridas y comprendiste que ese nuevo enfrenta­miento era un enfrentamiento a muerte.


Yo, recordando el metal que acabó contigo y el metal que acabó con ella, he decidido colocar otro metal a mi lado, un afilado metal que llenará de atardecer esta bañera llena de agua.


Embestiste con fiereza para ganar tu última batalla, notaste la última caricia del brazo etéreo a la vez que tu espalda recibía la última herida. El frío metal fue clavándose en tu cuerpo dañando puntos vitales de tu organismo. Habías perdido la batalla y habías perdido la guerra. Seguramente te diste cuenta, por eso te dirigiste hacia las tablas para dejarte caer, sólo allí te parecía estar más protegido. Miraste al hombre artificial que te había herido de muerte. Tus ojos me dijeron que de nuevo efectuaste la misma pregunta, ¿por qué?, comprendiendo, otra vez, que nadie tiene la respuesta.


Ella comenzó a atravesar la carretera. Seguramente el claxon le hizo comprender que la distancia entre ella y yo, lejos de hacerse menor, iba a hacerse tan grande que se iba a convertir en algo insalvable, ese claxon le hizo comprender que el asfalto se iba a llenar de un triste atardecer. El frío metal le golpeó destrozándola por dentro. Me miró y sus ojos me dijeron que también hizo la pregunta, ¿por qué? Comprendiendo, igual que tú, que nadie tiene la respuesta.


Yo he acumulado el valor suficiente para seccionar mis venas. El frío metal ha producido un corte poco profundo, pero de mis muñecas ha comenzado a manar el rojo líquido que me mantiene con vida. Dirijo mi mirada hacia el lienzo en el que intenté plasmarte con toda tu majestuosidad. Me doy cuenta de que a ella no la he perpetuado. Imagino un cuadro en el que estamos los tres juntos, lo imagino inmerso en este agua, en este incoloro elemento que poco a poco se va convirtiendo en un líquido lleno de atardecer. Imagino que el lienzo se va tiñendo de rojo, primero tu silueta, después la suya, finalmente la mía. Primero tu atardecer, después el suyo, finalmente el mío. Observando ese lienzo imaginario efectúo yo también la pregunta, ¿por qué? Comprendiendo, al igual que vosotros, que nadie tiene la respuesta.


 


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