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Literatura de gran calidad, múltiples autores
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| FORZADO FUTURO |
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| Cuentos |
| Escrito por Javier (adm.) |
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- Buenas tardes. - ¿Buenas para quién? - Preguntó la echadora de cartas.- Para ti no por supuesto, aunque tampoco lo son para mí. Roberto se sorprendió unos instantes, después decidió no darle demasiada importancia a esa extraña respuesta. Él no creía en los adivinadores del futuro, en realidad había llegado hasta allí impulsado por su ira y por su propia incredulidad, aún así, había decidido que si alguien conseguía adivinarle el pasado y el presente, comenzaría a creer en ellos. Para creer en la persona que le acertara su pasado y su presente, tenía que estar preparado para no dejar que el supuesto adivinador le leyera los pensamientos o fuera capaz de entresacarle lo sucedido con preguntas indirectas. - Pues he de decirte que mucho tenían que cambiar las cosas para que este fuera un mal día para mí. - ¿A quién quieres engañar? De nuevo una contestación demasiado contundente como para ser escuchada de manera indiferente. Tal vez sea una manera de sonsacarme la verdad, tendré que andar con tiento con esta mujer pues parece ser astuta, pensó. - ¿Quién soy? - El pasado ya no existe, aún así marca nuestro futuro. El presente es tan fugaz que apenas nos damos cuenta al vivirlo, transcurre mientras nosotros estamos pensando en el pasado o en el futuro, aún así marca nuestro futuro. El futuro que hemos marcado en el pasado y en el presente nos espera inerte e impasible, con la total convicción de que vamos a llegar a él, aún así ese no es el verdadero futuro, el verdadero futuro está más allá, mucho más allá. - Perdona, lo que acabas de decir es tan complejo que soy incapaz de entenderlo, pero, si te digo la verdad, creo que lo que quieres es eso, que no te entienda para que me parezcas más lejana e irreal. - ¿Qué quieres saber? - tú eres adivinadora, así pues deberías saber que es lo que quiero saber. - Inteligente respuesta, ¿qué quieres saber? - Me da la sensación de que no me escuchas. Me da la sensación de que tienes marcado un ritmo en tus predicciones y lo que te diga el imbécil que ha caído en tus manos te lo pasas por el forro. - No eres estúpido y no te dejas engañar fácilmente, ¿por qué muestras esa actitud conmigo? - Vuelves a hacer una pregunta, ¿no es eso una contradicción? - Inteligente respuesta, ¿qué quieres saber? - He dejado de creer en ti, así pues debo marcharme. - Nunca has creído en mí. Vete si quieres. - Pero no te voy a pagar. - No tienes que pagarme nada pues no he realizado ningún trabajo. - Si es así, hasta luego. - Adiós. - ¿Me echas? - No. - ¿Entonces? - Has sido tú el que ha dicho que se marchaba. - Creo que lo que quieres es que me desconcierte por completo. - Como debías haber comprendido antes, el futuro está formado por futuro inmediato y por futuro futuro, tu futuro inmediato está ya escrito, pero tu futuro futuro aún está en blanco. Aprovecha la ocasión que se te brinda, aprovecha la posibilidad de dar marcha atrás. - Dar marcha atrás, ¿en qué? - Matar no te va a hacer sentir mejor. No tenía planes de matar a nadie, por lo menos a nadie que estuviera en la ciudad, pero la seguridad con la que hablaba la adivinadora empezaba a desconcertarle. Pensó que ella estaba consiguiendo su propósito, estaba consiguiendo hacerle dudar de su escepticismo. - Dices todas esas chorradas para que me quede y te pague. - Mi deseo es que te marches, pero sé que no lo vas a hacer, porque ese es tu futuro inmediato y el futuro inmediato es inamovible. Roberto deseó marcharse, lo deseó con toda su alma, así le demostraría a esa vieja asquerosa que él era tan importante que podía cambiar su futuro inmediato, pero el deseo de seguir allí, el deseo de saber si esa echadora de cartas acertaba en sus predicciones, era mucho mayor que el deseo de marcharse para demostrarle su libertad. - ¿Quieres que te diga los motivos que me han traído hasta aquí? - Tu odio y tu rencor te han conducido hasta mí. - Yo no te odio. - Odias a todos los adivinadores, por lo tanto me odias a mí, pero no me refería a eso. Era cierto que odiaba a todos los adivinadores, su novia le había dejado porque uno de ellos le había aconsejado que diera ese paso. Ella se había marchado de la ciudad dejándole antes una nota donde le explicaba que se marchaba porque le habían adivinado mucho sufrimiento si decidía quedarse. Él la quería, la quería más que a su vida, pero algo le impulsaba a pegarla. Reconocía que eso estaba mal, pero iba a cambiar, iba a comenzar a tratarla mejor, intenciones que se perdieron en el abismo de la vida por un maldito adivinador, un futurólogo mentiroso y embaucador que le había destrozado sus planes, destrozando también su futuro. - Como veo que estás adivinando mucho, creeré en ti. Dime mi futuro. - No tienes futuro. - ¿Qué quieres decir? - Estás a tiempo de dar marcha atrás, pero me da la sensación de que no lo vas a hacer. - Sigo sin entender. La echadora de cartas cogió un papel y un bolígrafo y comenzó a escribir. Roberto intentó leer lo que la bruja estaba plasmando en el papel, pero ella no le dejó. - He escrito el futuro. - Pues déjamelo leer. La vieja futuróloga cogió otro papel y escribió un par de líneas. - He escrito el futuro. - Eso ya lo has dicho antes. - No estoy repitiéndome, en el primer papel he descrito el futuro, mientras que en el segundo he escrito el futuro. - Vuelves a repetirte. - Puede que a ti te parezca una repetición, pero hay un matiz que diferencia las dos afirmaciones. Mientras que en la primera hoja he escrito el futuro definiéndolo, en la segunda simplemente he escrito el futuro. Roberto comenzó a sentir un calor interior, un calor que hizo que su cabeza se llenara de ira y de odio. Una voz comenzó a decirle que la vieja se estaba riendo de él. Eso no podía quedar impune, nadie que hubiera reído de él había salido ileso, ella no iba a ser la primera. Se levantó de la silla echando fuego por los ojos, después agarró el cuello de la anciana con las dos manos y comenzó a apretar con todas sus fuerzas. Varios chasquidos le hicieron comprender que había roto la garganta de la bruja. No sintió remordimiento, tampoco alivio. Soltó a su presa con desprecio. Al verla caer, recordó sus palabras: "Matar no te va a hacer sentir mejor". Su escepticismo hacia los adivinadores desapareció por completo siendo sustituido por una duda razonable. Cogió el primer papel escrito por la bruja, al leerlo la duda razonable se convirtió en creencia: "Me matarás, pero no te sentirás mejor". Sintió alegría al recordar que su novia se había marchado gracias a un adivinador, si la hubiera matado a ella en uno de esos arrebatos no se lo hubiera perdonado nunca. Había comprendido que estaba loco, al igual que había comprendido que los echadores de cartas eran gente en la que se podía confiar. Cogió el segundo papel escrito por la bruja, al leerlo, vio claro su futuro: "Después de matarme te suicidarás, habrás descubierto la veracidad de mis afirmaciones y no podrás evitar quitarte la vida". Recordó cómo sus manos apretaron el cuello de la anciana hasta romperlo, sintió que él debía morir igual. Tenía que encontrar una cuerda con la que ahorcarse. Después de buscar durante varios minutos, lo único que halló fue el cable de una lámpara de pie. Era lo suficientemente resistente como para aguantar su peso sin romperse. Valdría. Lo ataría al tornillo que sujetaba la lámpara del techo, lo había visto en las películas. Se subiría a una silla y después la quitaría de una patada quedando así colgado. También había visto en las películas, que los que se querían ahorcar se ataban las manos para que el instinto de supervivencia no impidiera sus propósitos. El cable de la pequeña lámpara que estaba en una especie de mesilla de noche efectuaría ese trabajo tan necesario. Se subió en una silla y ató el cable más largo al tornillo del techo, después de comprobar que resistiría su peso, hizo un lazo para meter la cabeza. No sabía hacer nudos de horca pero midiendo bien un nudo normal bastaría. Posteriormente se intentó atar las manos a la espalda pero le resultó imposible. Ayudándose con la boca, consiguió finalmente maniatarse, pero en esa posición sus manos intentarían evitar el suicidio. Se bajó de la silla y, tirado en el suelo, consiguió pasar sus piernas entre sus brazos, consiguiendo así situar sus atadas manos en su espalda. Nada iba a ser capaz de cambiar su futuro y su futuro era el suicidio, por eso todos esos esfuerzos le parecieron pequeños. Se subió de nuevo a la silla y metió la cabeza en el lazo. Lo había dejado muy justo, por lo que tardó varios minutos en efectuar esa operación. Todos los preparativos se hallaban concluidos. Se encomendó a Dios y, con un movimiento brusco, consiguió que la silla que lo sujetaba dejara de hacerlo. El golpe seco que recibió su cuello le produjo un dolor, tan intenso, que comenzó a arrepentirse de su acción. Luchó para liberar sus manos, pero el trabajo había sido meticuloso. Después intentó pasar de nuevo sus piernas entre sus brazos, pero colgado fue incapaz de efectuar ese movimiento. Recordó a la echadora de cartas: "En un papel he escrito el futuro definiéndolo y en el otro he escrito el futuro". Se dio cuenta de algo que hasta ese momento había pasado desapercibido para él. Comprendió que, como le había asegurado la adivinadora, había un matiz que diferenciaba a las dos afirmaciones. Descubrió ese matiz. Mientras que en el primer papel la vieja escribió el futuro que iba a suceder, en el segundo escribió el futuro que ella deseaba, intentando forzar con ello que sucediera en realidad. Lo había engañado, la vieja bruja había conseguido que él intentara suicidarse, pero la había descubierto. Se arrepintió aún más de su acción, pero él era un tío listo y valiente. Saldría con vida de allí para así descuartizar el abandonado cuerpo de la maldita bruja. Comenzó a moverse alocadamente, quería romper el cable o arrancar el tornillo que lo sujetaba. Los bruscos movimientos que efectuaba le destrozaban el cuello añadiéndole más dolor al dolor existente, aún así luchó hasta la extenuación. Después de varios minutos, el cansancio y la falta de oxígeno hicieron que se abandonara. Si hubiera sabido hacer el nudo de horca no hubiera sufrido tanto, pensó. Se llenó de tristeza. Su cabeza parecía estarse hinchando amenazando con explotar. Sus ojos perdieron la visión. Imaginó a la anciana, recordó su rostro arrugado, recordó la profundidad de su mirada. Notó que sus calzoncillos se humedecían, el estúpido semen del ahorcado le mostró que se hallaba cerca su final. Volvió a recordar a la vieja bruja, pero esta vez, junto a ese recuerdo se le dibujó en los labios una especie de sonrisa. |
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