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Literatura de gran calidad, múltiples autores
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| QUÉ DIFÍCIL ES ACERTAR |
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| Cuentos breves |
| Escrito por Javier (adm.) |
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Estaba yo paseando por un hermoso parque, tranquilo, sereno, lleno de paz, cuando vi a unos adolescente que luchaban contra un árbol. No, no es ninguna estupidez. Realmente luchaban contra él, porque el árbol quería seguir viviendo y se mostraba tozudo ante la insistencia de esos adolescentes por romperlo. Eran tres los muchachos, fornidos, seguramente frecuentaban un gimnasio. El árbol, sin embargo, era delgaducho, apenas tenía corteza, pues, aunque medía más de tres metros, pocos años llevaba formando anillos. Uno de los jóvenes se había agarrado del árbol, más o menos a la altura de un metro ochenta de esa débil y la vez fuerte estructura. Después, levantando los pies del suelo y encorvado su cuerpo, había conseguido que el pequeño sauce se combara. Otro joven se unió al primero. El peso de los dos consiguió que el árbol formara prácticamente un ángulo de noventa grados con el suelo. No se había resquebrajado aún, pero se podía observar que no necesitaba de mucho más esfuerzo para sucumbir. Mientras, el tercer adolescente, situado en el otro lado del árbol e hincando los pies en el suelo, empujaba fuertemente, parecía querer arrancarlo de raíz. - Venga, a la de tres lo destrozamos. A la de una. A la de dos. A la de tres. Los dos jóvenes que estaban colgados del sauce dieron un bote multiplicando así su peso. Se oyó un crach. No puedo decir que se me rasgó el alma pues exageraría, pero algo dentro de mí sí se resquebrajó cuando también lo hizo el sauce. Qué fácil es hacer el bien, hubiera bastado que esos adolescentes hubieran permanecido sentados en uno de los viejos bancos del parque. Sin embargo eligieron hacer el mal, sabiendo que para ello tendrían que esforzarse. Ya fuera del parque, junto al colegio que se haya situado al lado de la casa de mis padres, vi a un pajarillo, un pardal, un gorrión, que se había caído del árbol, seguramente, por hacer pruebas de vuelo al creerse ya adulto. Pobrecillo, pensé, aquí morirá. Al sauce no pude salvarle la vida, ya que para ello hubiera tenido que enfrentarme a los tres fornidos adolescentes, y, como pueden suponer, muy valiente no soy, pero al pequeño gorrión sí podía salvarlo, en mi mano estaba, sólo tenía que atraparlo y lanzarlo dentro de los muros del colegio. Raudo corrí tras él, pero se metió debajo de un coche huyendo de mí. Esperé durante unos minutos a que saliera de su escondite. No lo hizo, permanecía quieto, sabiendo tal vez que le esperaba. Comencé a asustarlo. Salió medio volando, me di cuenta de que poco le faltaba para aprender ese bello arte. Corrí de nuevo tras él. Cuando ya estaba a punto de cogerlo, el asustado pajarillo cambió su rumbo ciento ochenta grados, seguí huyendo de mí, claro, él no sabía que yo lo que quería era salvarlo. Mientras corría noté que arrancaba a sudar. No es tan fácil hacer el bien, me dije recordando que poco antes había llegado a la conclusión de que sí lo era. Un par de minutos después el joven pardal se hallaba entre mis manos. Una bella sonrisa se dibujó en mi rostro. Como había proyectado, lo lancé dentro de los muros del colegio, lejos del tráfico rodado y lejos de las gentes, cerca andaría su madre, allí lo podría alimentar sin peligro. Sin que la sonrisa que se me había dibujado me abandonara, llegué a casa de mis padres.He cogido un gorrión cerca del colegio, no sabía volar aún, lo he lanzado dentro de los muros para salvarle la vida, le dije a mi padre. - No sé hijo, no sé si durará mucho, ese patio está lleno de gatos. Un nuevo crach se instaló en mi vida, el crach que produjo el resquebrajamiento de mi alma al comprender lo difícil que es hacer el bien.
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Muy bueno Javier!
Cierto, muy cierto Javier. El bien y el mal está en nosotros solo depende de la opción que tomemos. El que ayuda se siente bien, el que daña…no siente. Me ha gustado mucho tu cuento. Saludos.
Gracias ... y un sonoro beso