top
logo

Iniciar sesión. Registrarse



IMPORTANTE

- Poner seudónimo o nombre y apellido en el apartado "nombre" ya que aparecerás así.
- Libertad de elección en el apartado "nombre de usuario".

Publicidad

Clasificación de sitios - ¡Inscriba el suyo!




Si te gusta leer, te sorprenderá el contenido de esta web

Literatura de gran calidad, múltiples autores


Inicio Cuentos Javier (adm.) EL MINERAL DE LA VERDAD
EL MINERAL DE LA VERDAD Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 10
MaloBueno 
Cuentos
Escrito por Javier (adm.)   


Cuenta la leyenda, que existía un reino en el que habita­ban sólo la tranquilidad y el amor, un reino próspero en el que todos sus habitan­tes eran felices y en el que nadie tenía defectos porque de nadie podía aprenderlos. Ese bello reino adoraba una roca que se hallaba en el centro del jardín del palacio, esa piedra era denomina­da el mineral de la Verdad. De día era rugosa y oscura, pues la luz exterior impedía ver su interior, pero por la noche, cuando la luz exterior se apagaba, se convertía en un mineral traslúcido del que emanaba una luz que contenía todos los colores y todos sus matices.


El reino de la tranquilidad se situaba en un valle rodeado de altas montañas, en las que en sus cumbres el viento era huraca­nado y las nieves perpetuas, un valle de difícil acceso que les proporcio­naba la seguri­dad de que nunca serían invadidos, pero llegó el día en que unos seres envidiosos consiguieron atravesar ese muro natural. En el lugar donde desarro­lla­ban sus vidas esos seres envidio­sos, el amor y la tranqui­li­dad no existían porque la mentira y el egoísmo goberna­ban cada uno de sus rincones, era un reino pobre porque sus habitantes lo sembraban todo de hipocresía, por eso, creyen­do que el mineral de la Verdad iba a darles lo que no poseían, sustrajeron la roca, sustrayendo a sus dueños la felicidad.


Se inicio una nueva y triste etapa en el bello reino. El campo dejó de producir, los rios se secaron y los animales comenza­ron a ser devora­dos por sanguinarios lobos que, venidos de otros lugares, mataban por el placer de matar. El rey, desesperado al contemplar cómo iba sucumbiendo su gente, decidió editar un bando: "Vecinos, compañe­ros, amigos, nos ha sido robado el mineral de la Verdad, el que hacía que nuestro reino fuera próspero y estuviera habitado por la tranqui­lidad. Vecinos, compañeros, amigos, yo ya soy viejo para embarcar­me en proezas, pero los que sois jóvenes y fuertes tenéis la oportuni­dad de recupe­rar nuestro bienestar".


El hijo del rey, que se hallaba entre la multitud, gritó que a él correspondía ese honor. "Yo soy joven y fuerte, y soy yo quien debe proteger a mi pueblo cuando mi padre no puede hacerlo, así pues, seré yo quien vaya a buscar el mineral de la Verdad para devolveros la felicidad".


El rey se sintió orgulloso de su hijo y lo dejó marchar, pero no pudo evitar, al verlo desaparecer, que su corazón se enchar­cara de lágri­mas.


Pasaron los días, los meses, los años..., hundidos en la deses­pera­ción y diezmados por el hambre y las epide­mias, los habitan­tes del pueblo se reunieron en el templo de las oracio­nes, allí rogaron a Dios que ayudara al príncipe. No sabían si él estaba aún con vida, pero la esperanza era lo único que les quedaba y no estaban dispues­tos a dejarla desaparecer.


A cientos de kilómetros del templo de oraciones, un hombre destar­talado recibió un mensaje: "Recuerda quién eres y de dónde proce­des, recuerda que eres hijo de un rey y que a ti corresponde heredar el reino". Al oír esas palabras, que pare­cían nacer dentro de él, el príncipe recordó quién era y para qué había hecho tan largo viaje. Tomó conciencia de su pasado y de su futuro, tomó conciencia de la importancia de su misión. Recordó que al llegar a esa extraña civili­za­ción, exhausto y sediento, tomó un extraño fruto que le ofrecieron, un fruto que le hizo olvidar su futuro y sus proyectos, un fruto, típico del lugar, que le convirtió en un ser lleno de envidia, de mentira, de hipocresía y de egoísmo. Pero la voz que surgió de su interior le había despertado de ese estúpido sueño.Indagó hasta averiguar dónde guardaban el mineral de la Verdad. Descubrió que lo habían enterrado en la cima del monte más alto, también que habían construido después una muralla para que nadie llegara hasta él, esa importa­da piedra hacía que los situados cerca de ella miraran hacia su interior, motivo suficiente para aislarla, ya que los habitantes de ese reino no soportaban verse tal y como eran. Sin demorarse más, se encaminó hacia ese alto monte.


Realizando un esfuerzo para el que no estaba prepara­do, comen­zó a ascender por la áspera y escarpada subida. Sus pies comenza­ron a sufrir el rigor de la ascensión. En su reino nunca se hubiera lastima­do, pero en ese extraño mundo había perdido el calzado que le preser­vaba del rigor del camino.


Los dedos de sus manos comenzaron también a sufrir la dureza del terreno, era tanto el cansancio que, para seguir ascen­diendo, tuvo que utilizarlas como si fueran patas. En su reino nunca hubiera tenido que caminar así, pero en ese extraño mundo había perdido la fuerza que siempre le había caracteri­zado.


A mitad de camino se detuvo, se hallaba ante el dilema de seguir ascendiendo o por el contrario abandonar la proeza y volver a la relativa calma del suelo horizontal. En su reino nunca se hubiera planteado el abandonar, pero en ese extraño mundo había perdido la fe, la ilusión y el instinto de supera­ción.


"Recuerda de dónde vienes y para qué hiciste tan largo viaje". Nuevamente la voz que surgía de su interior le ayudó a sacar fuerzas de flaqueza.


Lasti­mándose todo el cuerpo, consiguió alcanzar la cima, pero al ver la altura de la muralla que encarcelaba el terreno donde estaba enterrado el mágico mineral, se llenó de desesperación y desconsue­lo. En su reino nunca hubiera entristecido tanto, pero en ese extraño mundo había perdido la alegría que siempre lo había envuelto.


"Recuerda que eres hijo de un rey. Recuerda que no puedes volver a tu reino con el corazón entristecido y con las manos vacías", esa voz interior, de nuevo, le animó y evitó que se abandonara.


Comenzó a arrancar plantas para, juntan­do todas su raíces, hacer una especie de liana que le sirviera para escalar ese gran muro. Se dañó los nudillos llenándose de dolor. En su reino nunca hubiera sufrido tanto, pero en ese extraño mundo había perdido la confianza en sí mismo, convirtién­dose en un ser tremendamen­te vulnera­ble.


Después de varios días de intenso trabajo, más de treinta metros de liana fueron construidos. Muchos lanzamientos fueron necesitados para conseguir enlazar la cuerda a uno de los picos de la muralla, y muchos fueron también los intentos necesitados para conseguir escalar ese vertical obstáculo. Después, cuando se hallaba arriba, contempló la altura que había alcanza­do y sintió miedo a una posible caída. En su reino nunca hubiera temido, pero en ese extraño mundo había perdido la valentía que lo defendía de sí mismo.


Sin quitar la liana del lugar donde estaba aferrada, la subió para después dejarla caer por el otro lado de la muralla, acto seguido, inició el peligroso descenso. Cuando alcanzó el suelo miró hacia arriba, pensó que para salir de allí tenía que volver a ascender esa vertical pared y lo tendría que hacer soportando el peso del mineral de la Verdad, difícil meta, pensó, aún así comenzó a excavar.


Varios días de intenso trabajo en los que se destrozó aún más las manos, minaron tanto su resistencia que estuvo a punto de abando­narse, pero su voz interior le daba ánimos cada vez que lo veía hundido y desmora­lizado.


Muchos agujeros fueron hechos y mucha tierra fue movida, pero tanto trabajo, tanto dolor y tanto descon­suelo, pasa­ron a formar parte del pasado cuando sus ojos vieron la indescripti­ble belleza del mineral de la Verdad. El destino quiso que lo encontrara por la noche, quizá quiso regalar­le, tras el esfuerzo, la imagen más bonita contemplada.


Al observar el interior del mágico mineral se vio a sí mismo, se vio por dentro. Había perdido mucha belleza interior ya que en ese extraño mundo se le habían pegado innu­merables defectos, pero no importaba, porque lo único que importaba era que había comenza­do, de nuevo, a evolucionar.


Confiando en sí mismo y en su destino, ascendió por la pared sin temor y sin desfallecer.


Confiando en su fortaleza física y en su capacidad, aban­donó la cima de la muralla en apenas unos minutos.


Confiando en su propio cuerpo y en su mente, descendió el monte sin apenas herirse.


Confiando en su instinto, comenzó el camino de regreso hacia su reino.


Transcurrieron las horas, transcurrieron los días, transcu­rrieron las semanas..., mientras caminaba, el príncipe se fue arrancan­do los defectos que a él se habían pegado como lapas capricho­sas, un acto doloroso pero reconfor­tante.


Transcurrieron más horas, transcurrieron más días, transcu­rrieron más semanas..., hasta que, por fin, divisó su reino. En ese trascen­dental momen­to la felicidad ocupó todo su cuerpo manando después de él a borbo­tones y bañando las tierras de esperanza.


Comenzaron a formarse las nubes. La lluvia humedeció las tierras y las plantas, formó charcas en las que bebieron los animales y creó ríos en los que se bañaron las gentes. Arrastró el descon­suelo y el dolor, consiguien­do que el reino comenzara a recuperar aquella belleza que todos habían empezado a olvidar.




El rey, al observar cómo volvía la vida, comprendió que el príncipe había conseguido recuperar el ansiado mineral. "Mi hijo ha vuelto y trae consigo el mineral de la Verdad. Buscar­lo. Buscarlo, que muy lejos no debe andar".


Todo el pueblo salió en busca de su salvador. Cuando lo encontra­ron se abrazaron a él. Tierra, pueblo y príncipe se convirtie­ron en uno solo, y avanzaron a lo largo de los tiempos en prosperi­dad y en una tranquila felicidad.


Y cuenta la leyenda que todos somos príncipes de un pueblo y de una tierra. Y cuenta la leyenda que todos buscamos el mineral de la Verdad, pero en este mundo donde se nos pegan los defectos como lapas capricho­sas, dormimos el sueño de la conciencia y olvidamos quiénes somos y para qué hemos hecho tan largo viaje.


 
Comentarios (2)
EL REINO DE LA TRANQUILIDAD
1 Miércoles, 13 de Mayo de 2009 01:29
OPERA
El reino de la tranquilidad .... es pasarse por esta Web, gracias ...
El mineral de la verdad
2 Sábado, 24 de Abril de 2010 18:14
J. L. Van Ooyen
Estaba pensando que este cuento encierra una gran verdad. Cuando una comunidad es feliz despierta envidias entre los menos capaces y sin talento. Es lo que ha sucedido con mi Escuela de Poesía Japonesa.
En fin, me tocará buscar la piedra de la verdad. Ya he partido y quizás la he encontrado.



SI TE HA GUSTADO ESTA OBRA, HAZNOS UN FAVOR, VETE ARRIBA Y VOTA POR ELLA

SI TE HA GUSTADO ESTE AUTOR A LA IZQUIERDA PUEDES VER SI TIENE MÁS OBRAS EN ESTA SECCIÓN

RECUERDA QUE TIENES MÁS SECCIONES LITERARIAS





TE RECUERDO QUE A LA IZQUIERDA TIENES ENLACES A LAS ÚLTIMAS OBRAS Y A LAS MÁS VALORADAS









bottom

Potenciado por Joomla!. Designed by: Joomla Templates, web hosting. Valid XHTML and CSS.