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Si te gusta leer, te sorprenderá el contenido de esta web
| ELENITA , INÉS Y DON ANTONIO |
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| Cuentos |
| Escrito por lola díaz-ambrona |
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. ELENITA, INÉS Y DON ANTONIO
Los ojos azules de Inés se consumían poco a poco, zurcido un zurcido, tras sus gafas antiguas. Continuamente tenía los lagrimales húmedos: "Rija", le había dicho el Oculista. Por eso le lloraban, aunque a veces, la enfermedad se confundía con la pena o trataba de camuflarla. Siempre tenía un pañuelo a mano: se quitaba sus lentes y, en un hondo suspiro, limpiaba el líquido salino que, Rija o la tristeza, el resbalaba sigiloso por las mejillas de piel fina, arrugada, gastada. Entonces, Doña Pilar, le reñía: -Pero Inés, es que usted no puede tomarse las cosas así. Era hipersensible, incluso algo pusilánime. Hacía muchos años que se ocupaba de repasar la ropa en esa casa. Elenita pasaba largas veladas junto a ella, esperando siempre que tuviese un ratito para confeccionarle un vestido a su Muñeco. -Hija mía, si es que después, tu madre me Regana! Tengo mucha ropa en el Cesto, no puedo. -Pero ahora no está mamá. Y como por arte de magia, recortaba la silueta de una diminuta prenda, marcaba las pautas con hilvanes y, Elenita, feliz, lo terminaba ella sola. La relación entre niña y costurera era estrecha. En cierto modo, Inés se sentia su protectora: "¡Pobre Elenita, está tan delgada!" Le costaba mucho comer, y ella decía entenderla: terminasa lograba que el plato de garbanzos para después informar de su triunfo a la preocupada madre. - ¡Qué paciencia tiene usted, Inés! Había sido monja, de ahí esa afición a visitar iglesias, afición que se esforzaba en transmitir una Elenita, no sin éxito, pues cada tarde, cuando la luz natural no era suficiente para continuar la tarea, le proponía llevarla con ella a la Novena de San Francisco, La Soledad, o cualquier otro santo de turno, que siempre habría alguno dispuesto para las alabanzas. La niña, entre Vágar por la casa una vez y sobrellevando sus ABURRIDOS años y la propuesta de una escapadita, adonde quiera que fuese, tiraba por la vía religiosa. Así pues, Elenita devoraba liturgias dormitando o analizando el histrionismo de las imágenes o el fervor de la gente, o, secándose con la mano enguantada el moquillo que le caía de la nariz. Por eso le gustaba llevar guantes, "muy a propósito para ello"-pensaba pragmática. Obvio es que, para Elenita, el mejor momento llegaba con el fin del oficio. Era la liberación de la condena libremente escogida, o quizá es que Elenita buscaba condenas para romper la monotonia, o para que no la mandasen a estudiar las lecciones del día siguiente, en cualquier caso, le apasionaba mojar su mano cubierta con un guante de lana dentro de la pila del agua Bendita: se santiguaba, hacía una genuflexión y, antes de dejar la iglesia, introducía su moneda de dos reales en una caja donde rezaba con letras de un dorado descolorido: "Para el pan de San Antonio", olvidándose , pues, del que nunca compraría Regaliz, dada su generosidad. Después, abandonaba el templo de la mano de Inés, aquella viejita e hipersensible y pusilánime. Elenita-, hoy vamos a visitar a Doña Beatriz. Le gustaba visitar a doña Beatriz. Había en esa visita algo especial, no era una simple visita de una niña vieja con otra vieja pecado niña. Nada de eso. Doña Beatriz, perteneciente a la alta alcurnia de la ciudad, era una sencilla anciana que vivia su tiniebla sentada siempre en el mismo sillón, ocultando sus ojos estériles tras unos cristales ahumados; ¿Pudor?, Elenita se preguntaba mientras trataba de percibir un ligero parpadeo tras las gafas recatadas. -Buenas tardes, Doña Bea; él traído conmigo un Elenita, ya sabe, la hija de ... -Sí, mujer, yo sé de sobra quién es su madre ... dame un beso, bonita, que yo conozco mucho a tu familia. ¿Bonita? Qué sabría ella. O, ¿quizá la sentia bonita? -Esas eran sus cábalas, mientras Doña Bea la besaba con un cariño un tientas. -Hacía mucho tiempo que no te veía ... bueno, claro, por desgracia no puedo verte, pero digo que hacía mucho tiempo que no venías por aquí. La niña se encogía de hombros en un "es que no me traen", y se concentraba en escuchar la melodía que siempre sonaba desde un piano escondido en algún sitio. -A ver, mujer, ya sabes donde están las llaves. Abre ese armario y saca la lata de los dulces, que voy a obsequiaros a las dos. -Usted siempre lo mismo, Doña Bea. Con una pila de galletas desmigajándose en sus manos, se despedían de la anciana, prometiendo volver pronto. Al pasar por el vestíbulo, la música sonaba más fuerte. - ¿Quién toca la música, Inés? -Es Don Antonio, el pobrecito está mal de los nervios. Nunca había visto una Antonio. Tras una puerta de cristal esmerilado se distinguía su silueta, a veces sentado al piano, otras, dando vueltas por la habitación como si quisiera llegar a alguna parte y no pudiera, recorriendo el mismo camino mil veces. -Y, ¿por qué no sale nunca de ahí? -Es muy bueno el pobrecito, él no hace daño a nadie, pero está de los nervios. "Estar de los nervios" era lo mismo que "estar loco", entendía Elenita. Es más, alguna vez había oído decir que Doña Bea tenía una hija casada y cinco nietos, pero que el hijo no estaba bien. "¿Qué será la locura?", Se preguntaba. "Es una enfermedad", se respondía, "Pero todos los locos no son malos", recapitulaba. Otra tarde de visita, una Inés le dio por llorar un MoCo tendido, dejando un Reguero de lágrimas en casa de Doña Bearriz, quien trataba de consolarla con una perorata interminable que propiciaba aún más el llanto, así como propicio que no se percatasen las dos ancianas de que la niña no estaba en la habitación. La música sonaba como siempre. Elenita pego las narices contra el cristal traslúcido. Entonces, una silueta alargada se acercó y el Pomo dio una vuelta. Asustada, retrocedió un poco, pero la puerta se abrió despacio, chirriando un poco. La niña se quedó paralizada, ¿por qué le daba miedo Don Antonio? Un brazo estirado hacia ella hizo que se sobrecogiera aún más, si bien, trató de no mostrar su desasosiego. Una mano delicada le estaba acariciando el cabello: -Eres muy pequeña-le dijo el dueño de la mano. -Tengo una sola vez. -Eso es ser pequeña. Elenita se encogió de hombros aceptando el calificativo con resignación: no era su culpa. - ¿Quieres ver una cosa? -Bueno-contestó Elenita. La llevó hasta el piano y, con suma lentitud, la despojo de sus queridos guantes de lana. Después, le agarró el dedo índice entre los suyos y lo puso sobre una tecla, hundiéndola despacio, sin dejar que desprendiera sonido alguno. -Si tú dejas esa tecla apretada y yo pulso esta otra, sonarán las dos al mismo tiempo-le aseguró-. El hombre la golpeó y ambas sonaron a la vez. Los ojos oscuros se iluminaron de Elenita: ¡estaba jugando con Don Antonio! -Bueno-dijo-, es una tonteria. Son simplemente "armónicos". Lo que importa es la música. Se sento en la banqueta y comenzó a tocar lo mismo de siempre. - ¿Sabes una cosa? -Le preguntó, deteniéndose en un acorde muy triste. - ¿Qué? -preguntó curiosa Elenita. -Ésta es una obra póstuma. - ¡Ah! Y siguió tocando en compás de tres por cuatro, abstraído. Terminó con un "la bemol" acompañado de un "hacer" y un "mí", acorde perfecto, entonces, retornando de algún sitio al que parecía haberse trasportado, GIROLA cabeza hacia donde recordaba haber visto una niña: - ¿Sigues ahí? -Sí-se disculpó-es que Inés sigue llorando y Doña Bea la Consuela. -Llorar no sirve. -A mí, a veces me gusta, pero después me duele la cabeza-confesó Elenita, experta en Llantos prolongados. De una forma natural, el clima iba haciéndose distendido. Elenita se preguntaba por qué tanto misterio en torno al hijo de doña Beatriz: hablaba, sonreía a veces. Parecía un señor normal. La decoración sí era un poco recargada: Bustos de compositores con cara seria y pelo largo; libros, muchos libros, y un armario como el de su madre, ese donde guardaba las galletas. ¿Qué guardaría él? Quizá extrañas colecciones: armas, sellos (su padre tenía muchos), o incluso bombones. - ¿Te han dicho que estoy loco? -Sí-confesó. - ¿Nunca Mientes? -Algunas veces-volvió a confesar. -No deberías. Como siempre, se encogió de hombros. A continuación, preguntó ella: - ¿Por qué no las ventas nunca de aquí? -Porque estoy loco. -Y, ¿por qué estás loco? -Pues porque nunca salgo de aquí. Elenita amagó una carcajada. Él no, y entonces, los dos rieron. Fue como si se abriese una cortina entre ambos. - ¿Quieres saber un secreto? -preguntó el pianista. -Bueno. -Que no estoy loco. -Y, ¿entonces por qué no las ventas? -Sufro agorafobia. Eran demasiados significados desconocidos para Elenita: póstuma, agorafobia ... -No puedo salir a la calle-le explicó. - ¿No te dejan? -Tengo miedo. - ¿A los coches o a los ladrones? -Se interesó la niña. Don Antonio volvió a reír: - ¡No, es aún peor! No sé a qué tengo miedo. -Yo a veces también tengo miedo, de noche-se sentia identificada. - ¿Ese es tu gran secreto? -No es un secreto, Inés lo sabe-reconoció algo frustrada. -Entonces me debes un secreto: yo te dije uno. -Tengo un Muñeco escondido en el tejado de mi casa-concedió. -Y, ¿qué haces cuando llueve? -Tiene una casita de plástico. Las palomas se posan encima. -Eso está bien. -Esa cosa que te pasa, ¿es una enfermedad? -Quiso profundizar Elenita. -Sí. -Yo también estoy enferma, creo. Siempre me duele la cabeza. Nadie me hace caso, entonces me escapo de casa y paseo por la calle hasta que se va el dolor. Creo que se lo llevan los pájaros, lo leí en un libro. Podrías venir conmigo, a lo mejor también se llevan tu ... ¿Cómo se llamaba? -Agorafobia ... ¿Dejarías que te acompañase? ¿No te doy miedo? -No, palabra del Niño Jesús que no. Don Antonio Miró los delgados dedos de Elenita y sintió ternura, incluso una seguridad nueva, extraña. Deseo tomar esa mano entre la suya grande, adulta, pero se contuvo. -Y, ¿cuándo crees que te dolerá la cabeza? -Pues ... me está empezando el dolor-mintió. Don Antonio Menuda ahora tomó la mano de la niña y la retuvo, apretándola hasta sentir su piel fría, sin guante de lana. - ¿Nos escapamos? -sugirió vehemente Elenita. -Si-contestó Don Antonio abriendo mucho los ojos, como si sintiera vértigo. El llanto de Inés parecía amainar, así que, los dedos entrelazados, se apresuraron hacia la puerta. Don Antonio se contrajo, ella le apretó fuerte la mano grandota de pianista: - ¡Vamos! -Le susurró en un pequeño grito de ánimo. Salieron a la calle. Aún quedaban algunos dormitando pájaros en el aire. - ¿Ves?, No pasa nada. -No pasa nada, no pasa nada-repetía Don Antonio. Caminaron en silencio durante un largo rato hasta que rompió Elenita: - ¿Ves?, Ya está. Los pájaros se han llevado mi dolor de cabeza y tu ... ¿Cómo se llamaba eso? -No me acuerdo, Elenita. Ambos empezaron a reír y los pájaros se fueron.
* * *
Lola Díaz-Ambrona de Llera.
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Un aplauso.
Es el primer comentario que recibo y me hace mucha ilusión :-)
Me alegra que te haya gustado. Saludos: Lola.